
Por Antonio Álvarez Burger
El fustazo, que caía con indignante regularidad cortando el aire desde arriba, iba poco a poco despojando aquel pelaje desde el lomo de la desgarbada bestia; cantidades de moscas –en pos de la herida abierta– se lanzaban en picada punzantes, incisivas, sobre la llaga empapada y maloliente. En cada movimiento del famélico animal se advertía un mundo de desesperada tribulación. Era un episodio degradante. Ocurría a lo largo de la calle principal de la antaño comuna de Coronel, a la altura del Corcovado, mientras yo me empinaba recién sobre aquel lapso de la pubescencia.
El andar cansino del viejo jamelgo exasperaba al hombre, que, con infinito rigor y alevosía, continuaba castigándolo hasta hacer saltar la sangre desde su espinazo. La perversidad del carretero me pareció entonces extrema. Desde los enrojecidos ojos del esquelético cuadrúpedo parecían resbalar (insumisas, rebeldes, indóciles) unas cuantas lágrimas de tristeza; sin embargo, no era aquello suficiente para despertar en el hombre un sentimiento de conmiseración o piedad. El trallazo cruel, continuo e incesante sobre la llaga iba aniquilando al animal, que ya carecía de suficientes fuerzas para desplazarse en subida con su pesado cargamento. No sólo eran los tantos años de sumisión, de esclavitud; eran también, sobre todo, los inicuos latigazos recibidos.
Quizás, quién sabe si ante tamaño encarnizamiento, el desdichado jamelgo ya estaba claudicando. Era tal vez el mustio rictus de su rostro, lo único que delataba su dolor y profundo abatimiento…
Ahora pienso que el hombre jamás lo supo, y que tampoco nunca se mostró interesado en descubrirlo…, hasta aquel atardecer, cuando el pobre animal cayó arrodillado en la ruta como clamando misericordia, y el carretero –en muda respuesta– volvió a azotar varias veces su piel casi descompuesta. Ése sería el esfuerzo postrero del miserable jamelgo, pues en medio de su estertor tuvo aún fuerzas para levantarse e iniciar una ciega y loca carrera; al frente, un pesado camión cortó sin embargo su desesperada estampida, que a la postre significó su muerte y la del hombre. Éste, ni siquiera en medio de su agonía logró comprender el heroico sacrificio del animal… El carretero y el jamelgo yacían sin vida, segundos más tarde, a la vera de la pedregosa vía.

