
Por Antonio Álvarez Burger
Cómo, ya vertiginosamente, esta orgullosa ciudad ha ido perdiendo su honra, su dignidad. Basta hoy desplazarse por su centro y travesías lindantes para verificar que su acervo cultural e histórico se han ido desvaneciendo con el fluir del tiempo; que hasta los hábitos y costumbres de quienes la habitan no son los mismos de antaño. De qué forma, entonces, decirlo sin caer en el argot o habla particular de grupos marginales para expresar tanto desánimo.
Lo más próximo a una expresión comedida, a pesar de lo desagradable que puede resultar el tema, es la sinceridad. Y el tema son, por ejemplo, los hedores en la ciudad. En este caso la marihuana, cuyo efluvio o aroma cannábico tan característico en el paseo peatonal «Alonso de Ercilla», cuna del comercio ambulante (ergo, ilegal), se desperdiga a vista y paciencia de los pocos transeúntes que por placer o esparcimiento intentan caminar por él como en un pasado no tan distante.
Y con la misma transparencia en el mensaje o expresión sin artificios, me remito a ese otro tópico, que para algunos podría parecer una trivialidad, pero que (como en el caso precedente) no cuadra con el perfil y rebordes de una metrópoli que luce el distintivo de capital de la Región del Biobío y, más aún, de «segunda ciudad de Chile», aunque ambas consideraciones son hoy debatibles, controvertibles.
En consecuencia, hago referencia a otro desliz (imperdonable) que, al menos para los turistas que suelen visitarnos de vez en cuando, ya no pasa inadvertido: el pestilente olor a orina que no pasa desapercibido en lugares bastante relevantes, representativos de la urbe, como son los portales de ingreso a la Catedral y a la Parroquia El Sagrario, el Odeón de la Plaza de la Independencia y prácticamente todo el frente del edificio que alberga a la multitienda Falabella Retail.
Hay, por cierto, otros «de menor cuantía», pero los mencionados son emblemáticos y, por tanto, el irrespeto en estas situaciones es supino, como también la indiferencia e impasibilidad de las autoridades, a las que por ley les corresponde asumir la tarea de desterrar esta clase de hábitos absolutamente condenables en la ciudad-capital de una de las regiones más primordiales del territorio nacional.

