Por Antonio Álvarez Burger

Al Diego nadie le entendía lo que hablaba. Pero cuando se ponía conversador en el local, los otros adoptaban un simulado aire de concentración para que no se sintiera mal y no se pusiera furioso, como solía ocurrir cuando no le ponían atención. En algunas ocasiones llegaba silencioso y melancólico. Ahí no se le sacaba palabra. Permanecía mudo tardes enteras, y entonces tampoco había que molestarlo. Tenía 19 años y estaba loco, loco de remate. Los psiquiatras habían dicho que no tenía vuelta. Se le había desencadenado, quizás tras qué suceso, una esquizofrenia galopante. Mucho se especuló sobre su caso. Algunos en Lota -donde aconteció este hecho- dijeron que le habían dado un «tabacazo», y que por eso había perdido la razón (El «tabacazo» es una mezcla maligna de bebida alcohólica con tabaco, preparada intencionadamente en cantidades desmedidas).

El Diego, antes de aquella desgracia, estaba enamorado y pololeaba con una hermosa jovencita del barrio, cuyos hermanos, maleantes juveniles, desaprobaban la relación. Siempre se sospechó que fueron ellos quienes invitaron un día al Diego a beber unos tragos a un restorán clandestino para conversar sobre el asunto. Allí se habría consumado el hecho.

Cuando el Diego se apareció nuevamente por el local ya estaba ido. Lo vieron varios doctores. Incluso estuvo internado en una clínica psiquiátrica de Santiago. Jamás pudo recuperarse. La última vez tenía una mirada muy extraña, una mirada orbital que escrutaba milímetro a milímetro el ambiente de aquel espacio. Ése donde, con mucha habitualidad, se efectuaban las reuniones de amigos y se podía degustar alguna comida. La dependienta se sorprendió ese día que el Diego se apareció portando un misterioso paquete. «Oiga señora -le dijo-, me voy muy lejos, así que le traje unas cositas que quiero que me las guarde hasta que yo regrese».

 Iba esta vez rumbo a un centro de salud para enfermos mentales terminales. Lo acompañaba su madre. Pero el Diego jamás regresó al pueblo. Un día cualquiera, mucho tiempo después, la dependienta del local se decidió a abrir el extraño paquete. En su interior halló un trozo de teja color rojo anaranjado, una vieja billetera con tres monedas antiguas ya sin valor, una piedra de lapislázuli de intensísima tonalidad azul, un fragmento pequeño de cartulina con la imagen de Cristo y una bolsita de plástico con tabaco en su interior…