¿Donde va señora con esos neumáticos?

Por Antonio Álvarez Bürger

Esto del consumismo es cosa viva. Durante la liquidación de temporada de aquella gran casa comercial me pasó a rozar con el carro repleto de artículos un tipo que iba un tanto abrumado. Llevaba de todo. Detrás suyo, la señora, con otro carro, del que sobraban un grueso marco de ventana en aluminio y cuatro neumáticos (creo que al adquirir tres le «regalaban» el cuarto). Ambos se dirigían raudos hacia una de las tantas cajas receptoras de tarjetas de crédito y de algo de dinero, tras las cuales se alineaba ya una enorme cantidad de personas, todas igualmente ansiosas.

Había una verdadera multitud al interior del local: alterada, avasallante, angustiada. Numerosos productos, a muy bajo precio –con aquel rótulo intrínsecamente perverso del «compre ahora y pague después», simplemente se acababan. Algunos hombres y mujeres se desplazaban presurosos; otros se condolían ante la escasez de carros, que era notoria. En un reducido sector del establecimiento había libros, también en oferta, que nadie pescaba. En la contratapa de uno de ellos, de Eric Fromm, alcancé a leer aquello del «tener frente al ser», proceso compulsivo que suele prolongarse hasta la náusea, como si el estómago ya no soportara más la repugnancia.

Comenzaba la primavera, y con ella las grandes rebajas comerciales en vestuario, artículos electrodomésticos, calzado, enseres, etcétera. Posiblemente por ello, aquel gentío rendía tributo, no a la estación de las flores sino que al dispendio más exacerbado, patético y aberrante que podríamos imaginar. Pensaba yo entonces que el consumismo debe consistir, probablemente, en la creencia de que lo material es lo que proporciona la real felicidad en la vida. Curioso, me dije. Acaso a propósito de esto, pensé en traer a cuento lo que un conferenciante quiso un día hacer: sorprender a su audiencia –a su particular modo– en una universidad.

Sacó el orador de debajo del escritorio un frasco de boca ancha, lo colocó sobre la superficie junto a una bolsa con piedras del tamaño de un puño, y preguntó: –¿Cuántas piedras creen ustedes que caben en este frasco? Luego de que los asistentes hicieran sus conjeturas, introdujo todas las piedras que pudo en aquel frasco, y volvió a preguntar: –¿Está lleno?
–¡Sí! –respondió a coro el público.
 Sacó entonces unas piedras pequeñas y las introdujo en los espacios que dejaban las más grandes.
–¿Está lleno ahora? –interrogó una vez más.
–¡Parece que ahora sí! –exclamaron algunos.

 Puso sobre la mesa un cubo de arena, la que vació dentro del frasco. Ésta se filtró por los pequeños recovecos que dejaban las piedras.
–¿Y ahora?, –dijo.
 –¡Bueno, sí! –contestó tímidamente un par de concurrentes.

El orador sacó una jarra con agua, vertiéndola al interior del frasco hasta llenarlo.
–¿Qué hemos demostrado, entonces? –inquirió (en esta ocasión no hubo respuestas)
— Lo que esta lección nos enseña es que, si no colocamos las piedras grandes primero, nunca lograremos colocarlas después. Y sentenció: ¿Cuáles son las grandes piedras de la vida? Nuestros seres queridos, nuestros padres e hijos, nuestra salud, nuestros sueños, nuestros amigos. En definitiva, nuestra felicidad… Recuerden, jamás lo olviden: estas piedras van siempre primero… El resto encontrará su lugar.