
Por Antoio Álvarez Bürger
Por supuesto, usted ingresa a un local comercial a comprar y no a robar. Entonces, se pregunta: ¿Para qué ese antojadizo letrerito que me advierte que me están grabando? A menos, por cierto, que se trate de algún reality (como están tan de moda).
Y mire cómo son las cosas: más encima le piden que sonría. Es una verdad incontestable que los atracos, robos, desvalijamientos o como se los quiera llamar, forman parte de la rutina de esta vida y, por lo mismo, no nos ha quedado más remedio que levantar rejas sobre rejas en torno a nuestras casas, al punto que ya parecen jaulas, mientras “los monos” andan sueltos.
No obstante, en el tratamiento de materia tan notable es de caballero hacer la salvedad de que es ésta una realidad casi planetaria y no exclusiva (en modo alguno) de esta alongada faja de tierra de la América sureña. Aunque, por cierto, absolutamente nada lo justifica.
De este modo, y por todo lo anterior, lo de aquel rótulo que nos invita a reír sin un chiste o una talla de por medio, tiene una explicación atendible, porque más vale prevenir que curar. Otro cuento es que el delincuente no sepa leer y se salte el letrerito.
Sería harta la mala suerte, ¿no? Ahora, lo más terrible de todo esto es que, como decía alguien por ahí, el mundo está transpirando violencia por todos los poros, y no queda otra que entrar a invertir una buena parte de nuestros ingresos en seguridad, tal como lo hacemos con la educación, la salud, el vestuario y la alimentación familiar.
Desde ese punto de vista, es obvio que va a ser difícil, entonces, sonreírle a la camarita aquella, aunque tengamos ganas de hacerle reverencias por ayudarnos a sentir. Los que no tendrían que sonreír, de frentón, son, por supuesto, los delincuentes, que abominan de todos estos avances tecnológicos utilizados para cazarlos; pero ellos, como si nada, continúan impasibles haciéndoles guiños y muecas a los sistemas de video vigilancia.
¿Será porque luego de ser detenidos quedan libres con tanta facilidad? ¿Será acaso porque las penas que reciben por los delitos cometidos son tan ligeras, que les hace gracia repetirse el plato cada vez que se les presenta una nueva ocasión de delinquir? Para averiguarlo, a lo mejor sería interesante que algún canal de televisión los contratara para un reality, el cual podría desarrollarse en la propia celda donde se hallan expiando sus crímenes. En una de ésas se van de lengua, y sabemos a ciencia cierta si son realmente necesarias esas cámaras de video que nos sugieren sonreír ante la desgracia de vernos permanentemente amenazados por ellos.
Creo que no es una idea peregrina. De lo contrario, va a llegar un momento en que tengamos que andar todos por la vida con una camarita en la solapa y una leyenda en el pecho que diga: ¡sonría, lo estamos grabando! A ver si, de esta manera, logramos capturar al menos la imagen del que nos ha asaltado.

