
Por Antonio Álvarez Bürger
Decía Castelao (Alfonso) que hay muchos antifascistas que son fascistas. Pero ellos no lo saben. Viene esto a cuento de todos los «anti», sean ellos anarquistas, sionistas, fascistas, religiosos, comunistas, nazis, ateos o de cualquier otra ideología o credo, porque la característica de ser un fanático contrario de algo es que –en alguna medida–éste vive una realidad muy particular que lo enceguece, que turba su razón o entendimiento, aunque no es lo único malo que tiene.
Con frecuencia, en una sociedad que todavía valora la libertad de la democracia, se intenta vender ese antifascismo, anticomunismo o antisionismo, por poner tres ejemplos habituales, como garantía de ser demócrata y defensor de las libertades, como si no existieran más que dos opciones posibles.
Ésta es una de las imbecilidades más generalizadas de las ideologías políticas, pero cualquiera puede –sin mucho esfuerzo intelectual– darse cuenta del error que encierra: si no me agrada el tomate, eso no implica que me gusta la lechuga, de la misma forma que si no me entusiasma la coloración azul no estoy obligado a que me guste la tonalidad roja. Pero sí que es interesante para aquellos que tratan de obligar al resto a tomar partido entre dos únicas opciones políticas, y mayormente por la suya. Es decir, hacer creer que sólo siendo «anti» se tiene la garantía de ser «pro» de lo que ellos quieren aparentar.
Desgraciadamente, la experiencia histórica nos muestra que los que presumen de antinazis, anticomunistas o antifascistas, muchas veces han sido y son contrarios a las libertades y a la democracia, al menos en el mismo grado que las ideologías que rechazaban y rechazan.
El ser «anti» es una mera negación y, por lo tanto, no afirma nada por sí sola; niega el polvo cósmico o nebulosas como una parte del universo, pero no todo lo demás de éste: las galaxias, las estrellas, planetas, asteroides, la materia oscura, constelaciones y gases. El ser «anti», definitivamente tiene el inconveniente de ser una mera postura destructiva; no sirve para construir nada positivo. Es cómoda, sí, para aquellos que no quieren mostrar lo que realmente anhelan e intentan construir, o para quienes no tienen más proyecto que su nihilismo enfermizo, que no es más que la negación de todo principio social, político y religioso.

