¿Para pensarlo, no?

Por Antonio Álvarez Burger

No me pregunten de dónde lo saqué. Como dijera Sócrates, el filósofo clásico de Atenas: «Sólo sé que nada sé»… Pero, puchas que es bueno para comenzar a reflexionar con más seriedad en este mundo tan inimaginable, extraño y fortuito.

El juez miró al hombre de la organización Yihad islámica que había asesinado al Presidente egipcio Anwar Sadat, en octubre de 1981, en represalia por firmar la paz con Israel, y le preguntó con calma:

— ¿Por qué lo mataste?
— Porque era seglar —respondió el criminal.
El juez frunció el ceño.
— ¿Qué significa “seglar”?
El hombre dudó un segundo.
— No lo sé.

En otro juicio, el acusado había intentado asesinar al escritor Naguib Mahfouz, célebre escritor egipcio (1911-2006), pionero de la literatura árabe contemporánea y el primer autor en lengua árabe en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1988.

— ¿Por qué lo apuñalaste? —preguntó el juez.
— Porque escribió una novela contra la religión.
— ¿La leíste?
— No.

En una tercera sala, otro hombre enfrentaba cargos por asesinar al intelectual Farag Fouda, destacado intelectual, escritor y periodista laico, ultimado en El Cairo en junio de 1992 por el extremista; fue conocido por su crítica al integrismo islámico y su defensa de la separación entre religión y Estado.

— ¿Por qué lo mataste?
— Porque no tenía fe.
— ¿Y cómo lo sabes?
— Está en sus libros.
— ¿En cuál libro?
Silencio.
— No lo sé. No los he leído.
— ¿Por qué no los leíste?
El hombre bajó la cabeza.
— No sé leer ni escribir.

En los tres casos mencionados, el patrón era el mismo. Se mataba por ideas que no se entendían. Se condenaba por palabras que no se habían leído. Se odiaba por conceptos que no se sabían definir.
No era convicción. Era repetición.
No era fe. Era eco.
No era certeza. Era obediencia ciega.

La violencia no nació del pensamiento. Nació de la ausencia de él. El odio no se propaga a través del conocimiento. El odio se propaga donde el conocimiento no llega. Y cada vez que una sociedad renuncia a educar, no crea ignorantes. Crea armas humanas que no saben por qué disparan, pero están dispuestas a hacerlo.

Ése es el precio invisible de la ignorancia. Y siempre lo paga alguien que no hizo nada para merecerlo.