
Por Antonio Álvarez Burger
Debió haber tenido unos quince a dieciséis años cuando aquel accidente lo dejó sin una de sus piernas. A él, que a esa prematura edad precisaba más que nadie de un soporte para comenzar a rumbear por los senderos de la vida. Esa críptica vida que lo único que le estaba ofreciendo entonces era un modesto par de muletas.
Cuán irónica, punzante, debe haberle parecido en ese momento la existencia. Ahora era «el cojo» y, por ende, la impiedad –ese rasgo característico que suele aflorar en algunos frente a la fragilidad de otros como un divertimento– serían duros adversarios a los cuales debería aprender a ignorar para no caer en el desaliento. Qué abrupto le resultaba el camino aquel. Había tanta gente a la que tendría que sonreír, teniendo que ocultar sus verdaderos sentimientos tras una imagen forjada a duras penas, la que sin embargo ya estaba odiando.
No obstante, había que entrar a disputarle a la vida el sustento, aunque fuera en aquellas precarias condiciones. Tenía que hacerlo a como diera lugar, teniendo al frente suyo gente que le llevaba la ventaja de contar con un cuerpo sin máculas. Había que aprender raudamente y sin consejero alguno a su lado. Huérfano a medias, porque el padre ya había abandonado este mundo. Y porque la madre, postrada en una silla de ruedas, tenía como su único auxilio a aquel hijo viviendo a su vez una impensada discapacidad.
Y entonces voceó y vendió periódicos en las calles de la ciudad, lustró zapatos ajenos en las plazas, arrodillándose con dignidad todas las veces que fueran necesarias. El reto había sido asumido. Ya no se arredraría por nada y ante nadie. Aquel cliente suyo, cuando le ofreció «pega» para «los mandados» en su librería, no lo sorprendió en consecuencia desarmado. Ya entonces estaba rigurosamente atrincherado en sus convicciones, y en la decisión de cultivar una capacidad sobrehumana si fuese menester. Y allí, entre tanto libro, la tentación de la lectura comenzó a absorberlo.
Y el tiempo íbase desgranando como premeditadamente; como un cómplice sagaz de sus recónditos anhelos. Y así, después habría de seguir escalando peldaño a peldaño, siempre equilibrando su cuerpo mutilado. Al mismo tiempo, templando su personalidad frente al vendaval de la mofa. Por ello, quizás, cuando quedó aceptado en la firma constructora y cuando, enseguida, se le seleccionó para recibir instrucción especializada, los otros se quedaron perplejos, impactados.Primero fue operario. Luego obrero especializado. Más tarde sería capataz y empleado particular. Era increíble. Aunque no había hecho una carrera meteórica –porque con una sola pierna resultaba extremadamente dificultoso–, ya se hallaba en el umbral de la gloria.
¡Ah, qué iría a decir su convaleciente madre! Yo le conocí y escuché exclamar aquel día: ¡Madrecita, tu hijo es un hombre de verdad! ¿Lo sabes? Quería que lo supieras…
Hoy, al que llamaban despectivamente «el cojo» Almeyda, ese de antaño, del que doy fe de su coraje y tenacidad, ocupa la jefatura de un departamento esencialmente profesional en una enorme Planta de Celulosa. Ya no lo llaman «cojo», pero se sonríe cuando recuerda que así lo motejaban maliciosamente. Con la satisfacción del que se sabe hoy un vencedor, con la complacencia del que abriga un espíritu que no está discapacitado, con la seguridad del que ganó el desafío a la adversidad, tornó definitivamente la tristeza de su madre en un auténtico orgullo…
Este homenaje es para ella, amigo Roberto Almeyda, que en la dimensión en que se halle esperó lea con orgullo está ejemplarizadora y bella historia de vida de su hijo amado…

