Cómo Atrapar a un Corrupto

Por Antonio Álvarez Bürger

 Hablemos de la corrupción, esta insultante palabra en boga permanente en el país, que ha logrado arrinconar a otras igualmente top como el narcotráfico, la delincuencia o la inmigración ilegítima. Viene del latín corruptio, que significa algo así como abuso, alteración, soborno o cohecho.

 En realidad, como que el antónimo nos da más luces acerca de su real alcance; es simplemente lo contrario de integridad. Ahora (y esto sí que hay que dejarlo muy en claro), en todo acto de
corrupción coexisten dos partes: el que corrompe y el corrompido; es decir, el que ofrece la “coima” o “mordida” y el que la acepta. En términos vulgares, el que tiende la trampa es tanto o más corrupto
que el que “pisó el palito”. Y es bueno para el que asume el papel de catón, andarse con cuidado si tiene “techo de vidrio”. No vaya a ser que, a la larga, de perseguidor termine como perseguido. Quizás no
por la normativa legal vigente (siempre perfectible), pero sí por las leyes de la valoración moral y ética de los actos humanos.

Dado que la corrupción o corruptela es esencialmente un reflejo de la sociedad en la cual se da, no podría haber un gobierno corrupto en una sociedad honesta y sana, ni un gobierno honesto en una sociedad enferma o corrupta, que eterniza un sistema en el que un carterista que se roba veinte mil pesos cumple más años en prisión que el ejecutivo de una empresa privada o pública, que se lleva de forma ilegal quince mil millones de pesos de ésta o que defrauda al Fisco mediante engaños.

 El corrupto es un ser marcado por la inmoralidad y la perversión, que utiliza su posición para fines personales antes que para el propósito original; es un burlador de la ley y, principalmente, un inmoral.

 Seguramente, en un hipotético diario de vida de un corrupto – donde éste tendría que confesar que carece de escrúpulos y que, por lo tanto, no tiene ni Dios ni ley- tendríamos que leer lo siguiente: -“La ley para mí es importante, sólo en la medida que, como un pantalón o una camisa, se ajuste a mi cuerpo y yo me pueda sentir muy cómodo. De lo contrario, no tengo ninguna tranca para tomar la decisión de desechar la ley o, simplemente, vulnerarla… En cuanto a Dios: ¡Ah, es otro cuento. Es un tipo insoportable. Está en todas partes, y yo no puedo seguir dependiendo de alguien tan inestable. Un día crea el mundo, y al otro te manda un diluvio universal para matarnos a todos. Así no puedo tenerle confianza. Le matan al Hijo y se queda muy tranquilo… Uno se roba un pollo en el supermercado y lo mandan con viento fresco a la capacha; el tipo destruye Sodoma y Gomorra, y nadie le dice nada. ¡No hay salud!

 De cualquier modo, si la existencia de estos seres (corruptos) va a seguir mortificando siempre a la humanidad, es bueno también regocijarse cuando un organismo internacional proclama que Chile es el
país menos corrupto de América Latina, pese a ciertas denuncias de soborno y de elites políticas que le restan credibilidad a las estructuras democráticas. De cualquier modo, también, algunos seguirán pregonando que, al menor descuido, de “blancas palomas” pasamos a convertirnos en los corruptos más despreciables del planeta. A tal punto llega a veces la apasionada subjetividad, que hasta se termina culpando a Colón y a Isabel La Católica por nuestras desventuras… A lo mejor, si no existiera tanta
deshonestidad no habría corrupción.

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