La Clase Media, la Margarina y la Mortadela Lisa

Por Antonio Álvarez Burger

Que los chilenos (especialmente «los de medio pelo») estamos agobiados con la inseguridad en que vivimos, con la incertidumbre o incertezas sembradas por la casta política, amén de algunos impuestos que se nos vienen encima cada cierto tiempo, es una verdad irrefutable, indesmentible. Como también lo es el riesgo de que se nos impongan a futuro nuevos tributos que nos hagan la existencia más ardua. Al filósofo francés Michel Foucault se le atribuye la siguiente sentencia, que traigo aquí a cuento por la realidad que ya me abruma: «La clase media vive en un estado de impostura» (lo que equivale a decir que simula tener más de lo que tiene), pero que nunca como en estos torrentosos tiempos le ha costado tanto cumplir con esta dogmática tradición.

Foucault analizó cómo las estructuras de poder y las instituciones sociales moldean la subjetividad, y cómo la clase media -en particular- a menudo internaliza normas y roles que no se corresponden con sus verdaderas experiencias o anhelos. Por mi parte, sostengo que la eternamente paciente, pero vapuleada, maltratada, castigada y angustiada clase media, ha entrado en un indeseablemente peligroso estado de pauperismo o proletarización. Antes, por su posición intermedia en la sociedad (o sea, con visos de opulencia y con visos de escasez) era algo así como el jamón del sandwich. Hoy no le alcanza ni para margarina, y menos para mortadela lisa.

Galeano, conocido autor uruguayo, apuntaba en un artículo que leí un día mientras bebía un café acompañado de pan con ajo, que la clase media latinoamericana está paralizada por el pánico de perder el trabajo, el automóvil, la casa y los enseres, y también por un miedo muy grande «de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser». Y bueno, respecto de esto último, allá ella si persiste en el autoengaño. La verdad es que con frecuencia este segmento de nuestra sociedad continúa invariablemente defendiendo (como si fuera su dueña) el espejismo de un orden que anda de tumbo en tumbo, en circunstancias que no es más que una arrendataria de aquel. Y el asunto más grave es que ese orden hoy mismo se ha convertido en un desorden, porque cada político en este país se cree un «iluminado» y se siente satisfecho por cómo tiene de caricaturizado este país.

De cualquier modo, la clase media vive agobiada por el precio del arriendo de su vivienda, por el pánico al embargo y al desalojo, por el temor de criar a los hijos en un peligroso ambiente donde, pese a tanto impuesto para financiar sueños imposibles, éstos no logran sacarla de su actual estado de pesimismo y erradicar, por ejemplo, lacras como la droga que se vende en las afueras de los colegios.Amén del estreno de otras amenazantes barbaridades como los llamados portonazos, sicariatos, turbazos, estafas telefónicas, narcotráficos o etcéteras. 

Ahora, el más rico –como ha nacido y vive en la opulencia, no reclama ni precisa de mayor ayuda. El más pobre no paga impuestos, y los esfuerzos desde las altas esferas suelen volcarse en ellos. Pero, ¿y la clase media ¿tendrá que seguir comiendo pan con margarina o con mortadela lisa? ¿Deberá continuar pagando onerosas multas por atrasos de cuotas en colegios, institutos o universidades, aliados con las entidades bancarias? ¿Podrá adquirir algunas pilchitas nuevas en un tienda de exclusividades, y no como ahora que se ve obligada a vestirse con ropa de segunda mano? ¿Podrá ir al cinematógrafo en el mall a ver una buena película por lo menos una vez al mes, y sustraerse así de la fantasía light de la pantalla chica y de los celulares?

Me pregunto cómo va a ser la cosa en el futuro si –como decía además Galeano– los niños viven hoy atados a la pata del televisor, y donde cotidianamente observan un promedio de cuarenta escenas de violencia y otras tantas de consumismo obligatorio. ¿Qué va a ser de esta tan venida a menos clase media, a la que todos los santos días le refriegan en el oído que «quien no compra no existe» y que «quien no tiene no es»? Bueno, bueno, no los canso más… Hasta aquí estas líneas. Creo que me alargué bastante con mis digresiones. Se me hizo tarde. Había olvidado que debo pasar a comprar margarina. Si no llego con ella a casa, no me dejan entrar.

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