
Por Antonio Álvarez Burger
Durante la opípara celebración en que coincidimos con este personaje (agudo y locuaz amigo mío) en las postrimerías de agosto, no cesó de atormentarme con el sobado temita del destape de nuestra sociedad y de sus virtudes, atribuyéndole al fenómeno de la globalización poco menos que propiedades cabalísticas.
Entre pasada y pasada del garzón, que a cada rato ponía una enorme bandeja con canapés frente a nuestras narices, me llegó a decir que la conocida farandulería, exitismo y falta de educación que cultivan y difunden algunos «pierdeteuna» en la televisión, son un resultado feliz y auspicioso de estos ataques de sociabilidad y apertura nuestra, especialmente en materia de sexualidad y exhibicionismo (tomado esto como una virtud ante la presunta pacatería del chileno de antaño). Más aún, me dejó la impresión de que sus heroínas y próceres contemporáneos serían elementos del patético jet set criollo.
Un exitoso humorista nacional sostuvo en una ocasión que para vivir en paz, con alegría, optimismo y fé, hay que partir por reírse de uno mismo. Lo que ocurre hoy es que la mayor diversión consiste en reírse del defecto del otro, de los intentos fallidos del otro por sobrevivir en medio de esa maraña de frivolidades públicas (la práctica del bullying en los colegios no es casualidad).
Que el chileno ha cambiado, ¿qué duda cabe?. En otras fiestas, en tiempos no tan lejanos, se mostraba recatado frente a la bandeja de condumios como los canapés. Cuidaba su imagen, y así era más lento el proceso de la depredación. Nadie se atrevía a coger el canapé que había quedado «guacho», y entonces el mozo se devolvía siempre a la cocina con aquel último bocadito de aperitivo. Claro, habría sido como posar gratuitamente de glotón, y ningún invitado estaba dispuesto a ser el blanco de las miradas inquisidoras del resto. El garzón retornaba una y otra vez a la cocina con un único canapé (el despreciado). Pero los tiempos han cambiado. Ahora la bandeja vuelve vacía (pregúntenle a mi amigo, que tanto habla como engulle).
La cuestión, hoy, es ser osado; demostrar que el atemperado comportamiento chilensis es cosa pretérita. Si algún fotógrafo extranjero nos sugiere en este momento empelotarnos en la calle para auscultar cuánto hemos «progresado» en este asunto del destape, lo hacemos de inmediato y, más aún, preguntamos con suficiente antelación cuántos se desnudaron al lado para superarlos. Entonces, nos metemos en una vorágine de desafíos personales o colectivos para que el Libro de Guiness registre nuestras hazañas, como si de ello dependiera nuestro futuro. Hacemos cuenta que el canapé, esa infaltable miniatura de bocadillo que suelen servir en las reuniones sociales, somos nosotros mismos, y que hay que apechugar nomás ante quienes pretenden devorarnos con sus rancias críticas (las que ciertamente nos parecerán siempre injustas).
Lo que aquí vemos es a muchos conciudadanos maquillándose por fuera y por dentro para estar «in» con el destape (¡y no quedarse retenido en el pasado, nena!). Algunos se hacen liposucción, mientras otros impostan la voz, se tiñen el pelo o se meten en el solarium invierno y verano. El culto al cuerpo, no al espíritu; el culto al músculo, no al seso. Los falsos comunicadores de la TV, que destinan el 90% del tiempo de ésta a «entretener» (no a educar), se encargan de mostrarnos cuánto hemos avanzado. Cuánto hemos crecido como seres humanos, como amantes de la cultura, como país eternamente en el umbral del desarrollo, como gente orgullosa de haber dejado atrás todas sus «trancas», incluida ésa de antaño, de no atreverse a coger de la bandeja el último canapé.

