
Por Antonio Álvarez Burger
El tema del sacerdotalis caelibatus (o celibato sacerdotal, a secas), una suerte de “inmolación de los deseos carnales”, no por “los intereses superiores de la patria” sino que por los del Reino del Cielo –de suyo sensibilísimo en los tiempos que corren-, está virtualmente en entredicho por obra y gracia de unos cuantos clérigos acusados de cometer abusos sexuales en perjuicio de menores de edad.
Posiblemente el Papa Calixto II, que promulgara el celibato como un requisito indispensable para el clero del rito romano (el año 1123, en el Concilio de Letrán) jamás imaginó que aquella determinación suya pudiese –a estas alturas de la historia de la Iglesia- suscitar tan escandalosa controversia. Y lo peor de todo es que la situación que ha gatillado tal desaguisado no tiene una relación razonable con el hoy tan injustamente vilipendiado celibato. En una cultura hedonista como la nuestra no es raro que éste u otros aspectos de la castidad resulten difíciles de entender. Con esta lógica tendríamos que poner en entredicho no sólo la castidad de los apóstoles y de muchos santos, después que conocieran a Jesucristo, sino que la pureza del propio Hijo de Dios y de su Madre, María.
Digamos, como primera medida, que el ingreso de una persona al sacerdocio es esencialmente voluntario. Ahora, que de entre un medio millar o un millar de curas de la institución religiosa en el planeta se hayan detectado (pese a ciertos resguardos), algunos “infieles”, con desórdenes de orden sexual y, por tanto, inhabilitados por falta de fe para ejercer la vocación de Cristo, creo que no justifica la enorme polvareda levantada, y atizada especialmente por quienes quieren ver a los sacerdotes casados, “salvando almas a media jornada”.
El cura célibe, en su existencia física, toma anticipadamente en forma voluntaria “lo que a todos los hombres les será otorgado en la resurrección futura”. Es decir, él entiende que la transformación en Cristo comienza aquí en la tierra.
La verdad es que no es bueno apelar a lo que postula aquel refrán del “mal de muchos, consuelo de pocos”, pero como no me dejan otra salida, entablo el siguiente recurso porque me carga cuando se abusa de la subjetividad: El Christian Science Monitor (periódico de USA), recurriendo a lo que señalaba un Informe del Ministerio de Recursos Cristiano, publicó hace un tiempo que “la mayoría de las demandas por abusos sexuales al año –alrededor de 70 por semana- ocurren dentro de iglesias protestantes”. Iglesias –enfatizaba- donde todos sus clérigos son casados.
Ahora, de acuerdo con las estadísticas, en la sociedad moderna se rompe el 40% de los matrimonios (sólo como acotación marginal: si los curas son casados, seguramente este índice va a aumentar). En consecuencia, es tremendamente injusto que haya quienes aprovechen el pecado de algunos sacerdotes para poner en tela de juicio el celibato, que no tiene relación causal con ningún tipo de abuso o adicción sexual. Esto ocurre, y en mayor proporción, entre personas que son casadas.
Jesús vivió la virginidad como signo de su dedicación total al servicio de su Padre y de los hombres. Los sacerdotes de verdad la mayoría de ellos, con un amor esponsal y exclusivo, aman a Dios y a la Iglesia buscando imitar a Cristo. Dejémoslos que hagan su tarea. El problema no es el celibato, el problema es la falta de fe de algunos. El hombre no es sólo carne e instintos; es también voluntad, inteligencia, libertad…

