Y tras la paletada, nadie dijo nada…

Por Antonio Álvarez Bürger

Nadie dijo nada cuando, sin decir «agua va!, sin consideración alguna, nos subieron el precio de los limones, los huevos, paltas, el pasaje de la micro y la carne pa’l asado. Como no va a ser patético el mes de marzo, que se caracteriza por reunir en un solo y gran gemido todas las desgracias económicas de la tan golpeada clase media.

Miren que aumentar nuestras penalidades, ya al rojo con tanta obligación al borde del incumplimiento. ¿Acaso las autoridades no piensan que en este mes se matriculaban nuestros hijos en los colegios, institutos o universidades, y que esa sola acción implica ya tener que quedarse quietito (como loro en el alambre) para no precipitarse al vacío? ¿Se olvidan de la enormidad de compromisos pecuniarios que se asumen en estas fechas?

Ciertamente, muchos planteles de enseñanza media, técnica o superior ofrecen descuentos a quienes cancelan las escolaridades anuales al contado. Pero, ¿y con qué ropa, digo yo, respondemos a las «promociones», si todo el mundo anda a medio morir saltando y pidiendo préstamos por aquí y por allá? Si son tan re-pocos los que pueden hacerlo, ora porque el sueldo o la pensión se hacen escasos, ora porque el bendito sistemita éste de Dicom (que no perdona) tiene prontuariados, fichados por doquier, como si tal condición fuera equivalente a la de los que delinquen y tienen prácticamente vedado «rehabilitarse». Y resulta que el exclusivo pecado ha sido atrasarse ocasionalmente en el pago de alguna o algunas deudas (vilmente aumentadas con onerosos intereses, multas, gastos administrativos fantasmas, correspondencias nunca enviadas o nunca recibidas).

 Y para qué hablar de los vaivenes del valor de los combustibles. Estos parece que se lo pasan el día entero jugando en un ascensor: suben y bajan, bajan y suben.., como en el cuento de nunca acabar. Y, por cierto, a la larga más suben que lo que bajan. ¡Vaya tamaño problemita! No hay ni que pensar en enfermarse, porque ahí sí que los cálculos más amistosos se van «a la chuña» y –como en la canción de «Los Prisioneros»–, no queda otra que seguir pateando piedras. Es definitivamente el sino de la tan escarnecida clase media, que desde hace tiempo anda de tumbo en tumbo y que, al revés de los combustibles, más baja que sube económica y socialmente…

Hablamos de esa clase media que vive en un permanente estado de impostura, simulando tener más que lo que tiene. De ésa que con habitualidad es la mejor defensora del orden establecido, como si fuera su dueña, en circunstancias que no es más que la inquilina. Y como las promesas del buen pasar son ya como la profecía incumplida de los políticos de turno, no es inoficioso traer a cuento (y con esto pongo punto final a mi «cacareo») aquel interesante y sugestivo diálogo de los dos amigos:

-«Oye, pero ¿por qué andas tan triste», –interroga uno de ellos.
-«Es que acabo de enterrar a mi burro regalón»,– responde el otro.
-«Bueno, pero no te sientas culpable por eso; algún día tenía que morirse ¿No te parece?, — machaca otra vez el primero.
-«Pero amigo, es que el pobre se murió justo ahora que se había acostumbrado a no comer», –cierra el diálogo el segundo.