Ese Reloj en el Muro

Por Antonio Álvarez Bürger

Tenía, claro, apenas unos escuálidos pesos. Ni siquiera para intentarlo. Ni siquiera para empezar a pensar en la adquisición de aquella vivienda. Pese a ello, le gustaba recorrerla y, por supuesto, soñar…, soñar…, soñar con que algún día, quizás.

El vendedor le insistía en que con unos buenos años de plazo podría tal vez comprarla. Mas,  sabía en su fuero interno que era una pretensión absurda. De hecho, su marido era un desocupado desde hacía ya un par de años. El sustento lo proveía ella con algunos trabajos fatigosos en casas de gente acomodada. Para peor, la que la ilusionaba costaría a la sazón unos 80 o 100 millones de pesos.

 Al vendedor se le había unido el propietario de la empresa constructora –un adinerado señor de origen anglosajón llamado Paul Graham-, quien se limitaba a escuchar el diálogo en silencio, aparentemente evaluando el desempeño de su empleado y esperando intervenir en algún momento para reforzar los argumentos de aquel.

Fue su subalterno el que se agachó para recoger desde el piso una fotografía desprendida fortuitamente de una carpeta que portaba la mujer. Graham le pidió a su vendedor la fotografía, disculpándose previamente con ella por su intromisión. Luego observó la imagen con sumo detenimiento. La mujer estaba allí retratada –en el living de su modesta y apenas decorosa casa-, sentada junto a una de sus dos hijas.
   -“¿Ese reloj en el muro, detrás suyo, le pertenece a usted? –le inquirió Graham.
   -“Sí, es mío. Es herencia de mi abuelo, que llegó hace muchos años desde España. Él era de Madrid, ¿sabe?”. 

El hombre, sin responderle, no despegando la vista en ningún instante de la fotografía, le replicó:
   -“¿Podría yo ir a su casa para verlo?”.
Un tanto avergonzada por la inusual propuesta, intrigada y no menos sorprendida, la mujer –avecindada en un paupérrimo barrio- le contestó que sí, que podría hacerlo y que cuándo realizaría esa visita.
-“Mañana mismo” –dijo Graham-, agregando enseguida: -“Mire, yo soy coleccionista de relojes murales, y le confieso que debo poseer una treintena de ellos. Es un hobby que me ha apasionado toda la vida… Ese reloj suyo, a menos que me equivoque, y no creo que sea el caso, fue fabricado en Suiza y corresponde a una limitada partida de doscientos que el gobierno español –a finales del siglo XIX- mandó a hacer para premiar a igual cantidad de destacados empleados de la Administración Pública al término de sus respectivas carreras… Hoy no funcionan más de diez en todo el mundo, y el suyo parece ser uno de ellos. Su valor es considerable, como le digo, salvo que yo me haya confundido”.

 La mujer -ya de vuelta en su hogar- siguió pensando en aquel curioso episodio. Pero, en un momento se dijo que no valía la pena hacerse ilusiones, ora porque de ser cierto no estaba dispuesta a desprenderse de buenas a primera de ese añoso objeto que para ella tenía un valor sentimental incalculable, ora porque no creía que aquel empresario supuestamente coleccionista de relojes la visitara en su humilde hogar.   

Fue, no obstante, una rotunda equivocación. Al día siguiente, muy temprano Graham y otro hombre –entendido como él en el tema- llegaron en un lujoso automóvil a la población para ver el reloj con la prolijidad necesaria. Lo depositaron sobre una pequeña mesa con sorprendente delicadeza, lo limpiaron vertiendo un líquido especial sobre el vidrio y lo dieron vuelta para observar su sello.
   -“Señora, son buenas noticias para usted. Este reloj es legítimo y jamás ha sido intervenido. Curiosamente, el sello no ha sido nunca removido, lo que me parece increíble… El señor que me acompaña es además notario, y él va a certificar cuanto le digo. Yo estoy dispuesto a comprárselo. Mejor aún, yo se lo cambio por una de mis viviendas ¿Cuál fue la que le gustó? ¿Aquella avaluada en 100 millones? ¿Podría usted acudir mañana nuevamente al lugar donde estoy vendiendo mis casas? Si está de acuerdo, lleve el reloj por favor. No lo olvide”.

La mujer no atinaba a nada. No podía creer lo que Graham le ofrecía. La oferta le parecía inaudita. Pero, reponiéndose por unos instantes del asombro, le respondió que al día siguiente trataría  de acudir a la cita, junto a su esposo y a sus hijas. De paso, con algo de timidez, se atrevió a ponerle una condición:
   -“Si hacemos negocio –le dijo a Graham- ¿usted le daría ocupación a mi marido…? Verá, él sabe del trabajo de la construcción, porque ése es su oficio”.
   -“Hecho. Y si usted elige una buena casa, la que quiera, yo se la mejoro” –le señaló el empresario. 

Y así sucedió. Ella le entregó el reloj y él le entregó una casa: la de 100 millones de pesos, mejorada, con una cocina ampliada y un patio ahora techado.
   -“¿Habrá sido el abuelo quien deslizó la fotografía desde la carpeta a los pies de Graham?” –se preguntaba la mujer, convenciéndose sola de que aquel fortuito episodio no podía haber sido una casualidad, sino que una ayuda inesperada desde el más allá.