El respeto a la vida propia y a la de los demás

Por Antonio Álvarez Burger

El problema mayor no radica, principalmente, en la discutible habilidad para conducir o en el conocimiento sólo relativo de la ley del tránsito. Aunque el buen uso de las técnicas de manejo vehicular y el adecuado discernimiento respecto de la normativa a respetar, resultan cruciales en toda persona al momento de guiar un automóvil u otra máquina inteligente por las arterias de la ciudad o la carretera, existe un tercer elemento que, diría yo, es indiscutiblemente el más relevante de todos. El asunto es que es de difícil medición. Lo es porque: ¿Cómo mensurar el criterio? ¿Como evaluar temperamentos? ¿De qué modo penetrar en el cerebro de un individuo que luce conductas extrañas, alunadas, imprevisibles, para determinar si psicológicamente está apto o no para conducir?

Cuando nos enteramos de que éste o aquel sujeto se involucró en un accidente de proporciones –con muertos y heridos–, al parecer porque sobrepasó el eje central de la calzada y estrelló su vehículo contra otro que transitaba en sentido contrario, teniendo su licencia de conducir al día y estando el automóvil en buenas condiciones mecánicas y eléctricas, asumimos que causas exógenas, desconocidas (que sólo presumimos), habrían ocasionado la tragedia. Y para no entrar en más detalles, «cerramos el caso» sin querer discernir o discriminar si la causa del hecho fue una falla humana o algo «ajeno» a ésta.

En ese suceso no sirvió la destreza, la habilidad, el conocimiento o la experiencia del conductor, porque entraron a tallar otros factores mucho más gravitantes y decisores: la conducta, la responsabilidad, el respeto, la amabilidad, el compromiso con la vida propia y la ajena. En definitiva, primó el aspecto psicológico del individuo. Ése que permite distinguir entre un conductor que maneja a la defensiva y el que lo hace a la ofensiva, como un enajenado. Este último –claramente– es un «agresor» en la vía. Es el que no permite, bajo ninguna circunstancia, que lo sobrepasen en las carreteras. Es el prepotente consuetudinario que lanza el vehículo encima cuando va apurado (sin saber él mismo por qué motivo). Es el transgresor impenitente, que no respeta las señalizaciones del tránsito. Es el desalmado que, trepado en un vehículo mayor, de pigmeo se transforma en gigante para abrirse paso arrasando con todo. Es el hipócrita que disminuye la velocidad excesiva sólo cuando avizora la presencia de la policía en la ruta. Es el que actúa con absoluta conciencia de lo que hace y que, por tanto, no tiene excusas tras la ocurrencia del desaguisado.

Es decir, estamos afirmando que muy probablemente, si se pudiera someter a un test psicológico a seres vivientes de estas características –que conducen hoy mismo en las ciudades de este país–, a lo menos la mitad quedarían inhabilitados para guiar un vehículo motorizado en calles y carreteras. Porque no basta con saber mover una máquina y conocer «al dedillo» la ley que rige en materia de tránsito. Está aquello otro (lo más primordial) que algunos llamamos valores, principios, condiciones o cualidades, de los cuales resaltamos uno solo, el esencial: «Respeto irrestricto a la vida propia y de los demás».