
Por Antonio Álvarez Burger
Leoncio Toro es la oveja negra de la familia, y más ladrón que gato de campo. Su compinche, Delfín Cordero, zorro viejo en el oficio, tiene pésimos hábitos igual que él. Aparte de que es un cerdo porque anda siempre sucio y fétido, es definitivamente también un ave de rapiña. En el barrio todos saben que Toro y Cordero son unos patos malos de la peor especie. Y a pesar de que son yunta desde cabros, se lo pasan peleando como el perro y el gato. Un día se trenzaron a golpes en la calle por culpa de la Paloma, la hija de don Tiburcio Gavilán, el carnicero.
Todo comenzó porque Delfín habló mal de ella. «Esa comadre es una víbora», dijo, y Toro le contestó: «Lo que pasa es que no te fue bien cuando la joteaste y quedaste picado». Ahí saltó nuevamente Delfín y, junto con gritarle que se fuera a freír monos, le tiró un aletazo. Toro le contestó con otro aletazo y lo trató de cucaracha y de ratón de cuneta. Menos mal que justo iba pasando el Pollo Fuentes y los separó. Lo quedaron mirando sin convencerse de que era él, pero enseguida reanudaron la discusión.»Cría cuervos y te comerán los ojos», le dijo el Delfín a Toro, aludiendo al hecho de que él le había enseñado a estirar las manos. «Gracias a mí sos lo que sos hoy», continuó.
Pero Toro le contestó: «A otro perro con ese hueso… Si hay algo de lo que me enorgullezco es que tengo memoria de elefante, y lo que siempre recuerdo y te he dicho tantas veces, es que tú vivís escondiendo la cabeza como el avestruz ¿O no hermanito?». Al Delfín Cordero no le agradó aquella reconvención y replicó burlándose de su amigo: «a,e,i,o,u -le dijo-, el burro sabe más que tú», recordándole una vez más que él lo había instruido en el turbio arte de la sustracción y el robo. «A caballo regalado no se le miran los colmillos», objetó Leoncio Toro. «Claro, y por eso te pegaste a mí como lapa, malagradecido», repuso Cordero.
El altercado iba otra vez in crescendo, pero tuvo su fin cuando el Pollo Fuentes atinó a pasar nuevamente de regreso por el mismo lugar. En un acto de buena voluntad, para que se abuenaran, los invitó a un restorán a comer murciélago chino y pato asado. Mientras conversaban y degustaban tan exquisitos platos, en la radio se podía oír la canción: «El pobre pollo enamorado llora sus penas desconsolado, por la gallina francolina que puso un huevo en la cocina…».

