¿Le Cuido el Auto…?

Por Antonio Álvarez Burger

A veces me indignan, pero en ocasiones también (para ser sincero) me causan furtivos sentimientos de solidaria conmiseración.
   Lo que ocurre es que no comprendo la permanencia de algunos (hasta hace unas cuatro o más décadas) oficios underground, nacidos en tiempos de extremas necesidades económicas, cuya justificación vital habría que buscarla hoy, sin embargo, en la acendrada creencia de que reportan buenos dividendos y no precisan de ninguna instrucción. Por ejemplo, como éste de los “cuidadores de autos” o aquel de los “temporeros o comerciantes ambulantes”, que expenden productos tan variados como los paraguas, humitas, locos, guantes de lana o membrillos.

Son definitivamente los mismos sentimientos encontrados, que me acosan cuando me presionan en la calle algunos antiguos y experimentados pordioseros profesionales, que a partir del autodenominado estallido social se han multiplicado como por arte de magia. O esos que andan ofreciendo números de rifas de dudosa procedencia. O cuando, de no sé donde, salta un tipo para “limpiarme” el parabrisas limpio del automóvil. O cuando en el autobús me obligan a escuchar una música tremendamente vulgar y ramplona a todo dar, o a «presuntos» intérpretes que, tras su conocida rogativa, reclaman una compensación por la atención dispensada. O, simplemente, cuando en el supermercado, aparte de tener que “separar monedas” para el empaquetador, afuera, expectante, nos aguarda también este otro cuidador, más privado, con uniforme o sin uniforme, al que no sé por qué hay que pagarle igualmente un tributo.

   “Problema social? Sí, por cierto. Y, obviamente, hay que ser solidario y ponerse en el lugar de quien, quejosamente, solicita ayuda. Lo único malo es que a muchos no les alcanza para tanta dádiva, teniendo en cuenta que las necesidades propias son en ocasiones hasta más dramáticas que la del «pedigüeño».

   Hace unos días un señor estacionó su coche –un vehículo marca Renault del año «ñauca»– en una arteria relativamente céntrica de la ciudad-capital de la Región del Biobío. Al regresar para retirarse, un supuesto cuidador de autos, aparecido de la nada, “lo ayudó” (con señas y agitando un sucio paño de color amarillo) a abandonar aquel lugar. El conductor le extendió una moneda de cien pesos, que el hombre rechazó de inmediato. “¿Cien pesos?”, –le dijo. “Putas que es cagado, iñor. Llevo todo el día aquí, ¿y me da apenas cien pesos? Por lo menos déme una monedita de quinientos, ¿no le parece más justo?”.

El cuidador de autos no recibió ni pan ni pedazo; pero, por cierto,  el automovilista perdió el estacionamiento callejero… y el espejo lateral derecho. Más tarde, ya en su casa, debe haberse percatado también de la profunda rayadura con un clavo que lucía su modesto Renault en la puerta trasera del mismo lado… Quizás donde estaciona ahora su cacharrito. Me gustaría saberlo, sólo por curiosidad digo yo.