
Por Antonio Álvarez Bürger
Estaba tumbado en uno de los sillones del living, y tan descompuesto que no atinaba más que a compadecerse de su infortunio. Había que verlo allí desarticulado, desbaratado, quejándose manifiestamente de dolor. Y aunque suele la desgracia nunca llegar sin compañía, él iba a hacer enseguida oídos sordos a lo que le manifestara su mujer: eso de que, después de todo, había sido una mera sincronía de incidentes sin mayores consecuencias.
Era la fiesta del aniversario matrimonial, para la cual habíase preparado con gran afán. Sin duda, se trataba de una oportunidad para divertirse; una ocasión propicia para evidenciar a los invitados que, pese a los años que pesarosamente van y vienen, nunca es tarde para exhibir una justificada jocosidad, optimismo y regocijo.
Pero entonces los convidados piden más carne, y él, como siempre de excelente humor, enfila obviamente presto hacia la cocina a cortar un gran trozo. Infortunadamente, lo que rebana es su pulgar y, entonces (primer acto), el hombre debe ser trasladado de urgencia por uno de los comensales al hospital, concluyendo de tal modo (abruptamente) aquella festividad que fuera sólo minutos antes tan halagüeña.
Tras el forzoso alejamiento de los invitados, la mujer, que por cierto no iba a amilanarse frente a la evidencia de un desdichado episodio como aquel (si bien, significativamente casual), retira el mantel, servicios, platos y restos de comida de la mesa, para luego arrojar a la taza del retrete el aceite caliente que quedara al interior de una encantadora sartén de acero inoxidable. Una acción que -bien podría decirse- semejaba acaso a la de un maestro de ceremonia que abre el telón para el segundo acto… Esto, porque el marido, devuelto a casa en ese instante con un resto de dedo vendado, presuroso se dirige al baño, enciende un cigarrillo, arroja el fósforo a la taza… y se sienta. Del retrete brota una llamarada que lo convierte espontáneamente en el campeón olímpico de salto alto, sin varilla de por medio. Así que hubo de regresar boca abajo al hospital.
Tercer acto y final: El desventurado marido cuenta su extraordinaria adversidad a los enfermeros que lo trasladan. Pese a su esfuerzo, éstos no logran guardar la compostura y, junto con soltar una desmesurada carcajada, también sueltan la camilla con el paciente… Epílogo: Un brazo quebrado.

