
Por Antonio Álvarez Bürger
Cómo nos encantan las «colas» (o filas, para los intransigentes del idioma) y cuánto las añoramos en el período de vacaciones. Creo que están tan arraigadas en las tradiciones urbanas, que ya no sabemos si son o no parte de nuestra propia idiosincrasia.
Basta mirar en sitios tan diversos como los bancos, supermercados, locales de expendio de comida rápida, hospitales, colegios en días de matrícula, cajeros automáticos, paradas de autobuses, servicios públicos, centros de pago, etcétera, para convencernos de que somos devotos (como nadie) de estas cotidianas procesiones paganas, ya que la paciencia es una virtud que no adquirimos sino que venía con nosotros en el pico de la cigüeña.
Las «colas» nos roban gran parte de nuestro tiempo y, definitivamente, no podemos vivir sin ellas. Cuando son extremadamente largas, resultan insufribles; pero, ¿cómo minimizamos su perniciosa futilidad cuando logramos llegar a la ventanilla para recibir algún escaso dinero (que siempre será bienvenido)? Algunos -y esto hay que admitirlo- aprovechan las «colas» para los más variados menesteres: cultivar nuevas amistades, tejer, bordar, escribir, darle duro al «celular» o leerse una novela rosa, porque el tiempo perdido da hasta para rezar un rosario completo. El problema insoluble se presenta cuando, estando ya
relativamente cercanos al cajero, se nos vienen esas ganas irrefrenables de acudir al baño. En tal caso, todo de nuevo, aunque la culpa no sea enteramente nuestra, sino que de una sola parte de nuestra anatomía.
En alguna ocasión (digo yo) se irá a celebrar en Chile el «Día Nacional de la Cola». Propongo que ese día se declare feriado (como está tan de moda), y que en su honor se estimulen y desarrollen actividades culturales, artísticas y deportivas. A lo mejor algún restorán se entusiasma e inventa el trago de la cola.
Puede que, incluso, un grupo musical le dedique también alguna canción alusiva.
Sé que en prácticamente todos los países la gente debe hacer «colas», pero las nuestras son mejores, son más singulares. Aquí, nosotros, por ejemplo, cuando estamos por depositar nuestra pesada carga de productos frente a la caja del supermercado, cansados, sudorosos, pidiendo «aguita» tras el largo recorrido por el interior de aquel, la dependiente suele ponernos en las narices (con un huichichío que adivinamos en su rostro) un sugestivo y pequeño cartel que dice «caja cerrada» y, acto seguido, con una sospechosa e indigna sonrisa, nos incita a pasar a la del lado.
Habría querido seguir escribiendo sobre este excitante y profundo tema, que por cierto nos atañe a todos en mayor o menor medida; sin embargo, me toca el turno. Ya estoy frente a la ventanilla del banco. «Me mamé» media hora en una alongada fila india, y los indios que me siguen están todos a estas alturas en pie de guerra. De aquí me tengo que ir a hacer «cola» a otros lugares para pagar la luz, el agua, el gas y el teléfono. Si me queda tiempo alcanzo a cancelar el dividendo de la casa y, de paso (porque afortunadamente está en un edificio contiguo), me voy a comprar unas aspirinas a la farmacia, porque esto de hacer «cola» y de pensar en las que se me vienen, me ha producido un grandísimo dolor de cabeza.
Digamos todos, a una sola voz: ¡Cómo me gusta hacer «cola»!

