¿Cuánto cuestan los perritos?

Por Antonio Álvarez Bürger

     Un día su perra dio a luz cinco cachorritos. Y como no tenía la menor intención de conservarlos, puso un letrero en el ventanal de su casa para venderlos. “Vendo perritos muy hermosos”, rezaba el cartel. Este tipo de rótulo –pensó la mujer- era el más indicado para deshacerse de los canes y atraer especialmente a los niños.

     Y no se equivocó, porque justamente el primer “cliente” fue un menor. –“¿Cuánto cuestan los perritos?”, -le preguntó éste. –“Por ser a ti, sólo $5.000 cada uno”, -contestó ella.
El pequeño, que vivía por ahí cerca, metió una mano en el bolsillo del pantalón, extrajo un billete de mil pesos y, junto con ello, inquirió: -“¿Puedo verlos, señora?”.

     Ésta abrió una puerta, y de inmediato irrumpió la perra en el lugar, seguida por sus cinco cachorros. Uno, caminando con notoria dificultad, se quedaba considerablemente atrás. El niño, entonces, le consultó el motivo por el que ese perrito cojeaba, a lo que ella le respondió que era porque había nacido con una cadera defectuosa y ya no podría recuperarse de aquello. Sorprendentemente, el niño exclamó que ése era justo el perrito que quería comprar y que, si la mujer aceptaba, le daría los mil pesos de inmediato y el dinero restante en los meses posteriores.

     La mujer del relato éste, compadecida, le expresó que “de ninguna manera” y que, si realmente lo quería, estaba dispuesta a regalárselo.
–“Yo no quiero que usted me lo regale”, -le dijo el menor, disgustado. –“Él vale tanto como los otros perritos. ¿Por qué me lo quiere regalar? Yo se lo voy a pagar completo, aunque me cueste. Le voy a pedir más plata a mi papá”, -continuó.

     Ella lo interrumpió para volver a la carga: -“Pero, hijo, él nunca será capaz de correr, de jugar contigo o de saltar como los otros perritos. ¿No ves que es inválido? Mejor elige uno de los otros. ¿Te parece?”. El niño entonces se agachó y, arremangándose el pantalón, le mostró su pierna izquierda deforme, que evidenciaba el emplazamiento dentro de ella de una prótesis o soporte de metal.

      Esto era lo que la señora en cuestión me quiso relatar. Lo hizo con los ojos húmedos. –“El pequeño me indicó esa vez que no podía correr muy bien tampoco, y que por eso el perrito necesitaba a alguien que lo entendiera…”.
Sólo atiné a decirle que, ojalá, cada uno de aquellos cachorritos fuera adquirido por alguien como él, y que realmente es cierto que los verdaderos amigos suelen llegar cuando el resto del mundo se ha ido.