
Por Antonio Álvarez Bürger
A lo mejor veo las cosas con ojos de provinciano (yo soy esencialmente un provinciano). Pero, por lo mismo, no me puedo sacudir con tanta facilidad de esa sana ironía (llámela usted sarcasmo, si así lo desea) que llevamos tan intrínsecamente adentro los que vivimos tan lejos de la periferia de Santiago, capital de Chile y… de tanto escándalo.
A poco andar, el transeúnte de mi urbe observa cómo cuelgan de cada quiosco las revistas y diarios que nos envían desde la «Gran Ciudad» donde se ventilan públicamente -todos los santos días-, sin el menor pudor, «los trapitos» que tienden al sol los «famosos» de la pequeña pantalla, del mundo político, de la farándula, del deporte y, en general, de ese jet set de mala muerte, que supuestamente existe también acá, al estilo hollywoodense. Ahora, es cierto que tal relajamiento moral y frivolidad en el tratamiento de la «noticia» no es sólo pan de hoy, sino que viene de siempre, aunque ahora se haya agudizado.
En este país, paulatinamente se ha caído en una decadencia moral tremenda. No hay respeto por la privacidad de las personas; todo el mundo anda metido en los gimnasios y en las consultas de cirugía estética para «ser otro» y tener fama y dinero; se hace mofa de las tragedias personales y familiares, utilizando cámaras de televisión ocultas para denigrar y, de paso, subir el rating; otros, para protestar por cualquier sandez, lo primero que hacen es empelotarse en la calle, desvirtuando las motivaciones artísticas de aquel evento precursor. ¡Qué espectáculo más triste!
Para peor, son justamente esos los temas que cotidianamente están en boca de casi todo el mundo. Lo demás, lo más importante, se toca tangencialmente, sólo se roza. Claro que cuando hay que profundizar, con un desparpajo digno de mejor causa, simplemente se hace, aunque se carezca de argumentos o de conocimientos sobre la materia. Como buenos chilenos, opinamos con absoluta propiedad sobre lo que nos venga, porque no está en nuestra naturaleza «achicarnos» ante nada ni ante nadie. Más aún, adornamos nuestras disquisiciones con una buena dosis de mitomanía. Total, ¿quién va a andar averiguando si la fecha, el lugar o el cuento que relato es cierto o no? Lo importante es que nos sirva para salir del paso, para demostrar al otro que sí estamos muy bien informados y que (Dios nos libre) no somos ningunos ignorantes. Por eso es que es mejor hablar sobre lo trivial. ¡Pobres hijos nuestros! El mundo que están heredando.
Para escribir sobre la cueca, hay que bailarla. Nadie debiera permitirse decir por decir, y menos ser cómplice de lo pueril. Lamentablemente la televisión -esa caja que cada vez está más zopenca- se las ha arreglado para que la parafernalia y el circo, donde lo que más abunda son los payasos, esté replicándose en algunos diarios que, para sobrevivir, sacrifican su sagrada misión de informar sobre lo que es realmente importante para sus potenciales lectores.
A propósito, ¿sabía usted que en la primavera esos feos gusanos que se arrastran por el suelo se transforman en hermosas mariposas? Hoy, todos quieren ser mariposas: quieren volar alto, escalar por los
aires, figurar, mostrarse. Sólo que el lepidóptero al que aludo no tiene esas pretensiones, y se conforma con lo que Dios le ha regalado. Ahora, no crean ustedes que seré el último en escribir sobre la
futilidad de escribir.

