“No te vacunes”: tres palabras que un estudio nunca demostró

En junio de 2024, BMJ Public Health publicó un estudio que estimó más de tres millones de muertes por encima de lo esperado en 47 países occidentales entre 2020 y 2022. El dato era relevante, pero comenzó a difundirse una interpretación mucho más categórica: que las vacunas contra el COVID-19 estaban causando esas muertes, algo que el estudio nunca demostró. Su objetivo era describir la evolución de la mortalidad, no sus causas.

Utilizó datos agregados y no comparó vacunados con no vacunados ni pudo atribuir esas muertes a la vacunación. Los propios autores reconocieron que identificar las causas del exceso de mortalidad requería estudios posteriores. En términos simples: el estudio mostró cuántas muertes hubo por sobre lo esperado, pero no qué las causó. Entonces, ¿cómo ocurrió esa interpretación? El artículo dio amplio espacio a posibles explicaciones vinculadas con la vacunación y señaló que el exceso de mortalidad persistía “a pesar de” las vacunas y otras medidas. Pero que dos fenómenos coincidan en el tiempo no significa que uno cause al otro. 

La propia revista tuvo que advertirlo en 2024: el estudio analizaba tendencias del exceso de mortalidad, no sus causas, y no respaldaba que las vacunas fueran un factor determinante de esas muertes. Tras una investigación, el artículo fue retractado en agosto de 2026. Los cuestionamientos apuntaron a una discusión poco equilibrada, desinformación sobre las posibles causas del exceso de mortalidad y un aporte original limitado. Aun así, no se encontraron indicios de datos falsificados ni plagio entre los autores investigados.

Retractar un artículo tampoco significa que todo sea falso: el exceso de mortalidad debía estudiarse, pero esos datos no permitían atribuirle una causa. Que una revista revise y retire un trabajo no debilita a la ciencia; muestra su capacidad para corregirse. La enseñanza va más allá de este caso: la desinformación no siempre surge de datos falsos; también puede aparecer cuando se atribuye a un estudio una afirmación que nunca investigó y que sus resultados no permiten sostener. 

En redes sociales, una posibilidad puede transformarse en conclusión, una coincidencia temporal en una relación causal y una interpretación repetida muchas veces en aparente certeza. Entender la ciencia implica preguntarnos qué se investigó, qué se encontró y hasta dónde permiten llegar esos resultados. En salud, compartir información no es un acto inocuo. Una afirmación no corroborada puede difundirse mucho más rápido que su corrección e influir en decisiones reales. Porque viral no significa verdadero, y repetir una afirmación miles de veces tampoco la convierte en ciencia.

Raúl Aguilera-Eguía, académico del Departamento de Salud Pública de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC)

Joaquín Figueroa Yáñez, estudiante de Nutrición y Dietética de la UCSC, en el marco de la asignatura de Epidemiología.