El lacho, el político y el menso

Esta podría ser una versión penquista de la película “el bueno, el malo y el feo”:  Resulta que me encontré, sentado en el Café, a José María “El Castaña”, apodado así -dicen- porque se ofrecía cocido y caliente.  Después de los consabidos parabienes por haber pasado agosto, entró de lleno en su principal preocupación. «¿Qué te parece si las ataco con esta? El primer día de primavera suele ser así. Pero no tiene porqué ser solo un inicio. También puede ser un buen día desde el cual partir a la aventura de vivir el resto de nuestras vidas, con los corazones entrelazados.»

No hay nada que hacer con José María. Pasa horas armando discursos de lacho con los cuales suplir su estropeada facha. Se justifica diciendo que su poca pinta -y la necesidad de no morir en castidad- le obliga a cultivar el don de la palabra porque, según su experiencia, es por las orejas por donde caen las féminas.

Guardó silencio, quizás eligiendo a la vetusta muchacha a la cual engrupir para tener pareja durante esta primavera cuando, desde el desfile de abdómenes XL aflorados por el súbito abandono de abrigos y parkas, se desprendió “el pescaíto” Martens, a quien le apodaban así porque, al igual que los peces, el menda tampoco tenía hombros ni poto.
Es un filósofo de fuste en las cosas de la vida. Tiene mucha suerte… porque no tiene suerte con las mujeres, así es que la plata le alcanza y le sobra.

Se posicionó en la mesa, y de inmediato impuso la conversación política: «Hay que meterse en la derecha, cauros» dijo sin aspavientos. Ante mi mirada interrogante, continuó; «fíjate en la Crucifixión… ¿dónde encontrai al buen ladrón? en la derecha p’oh… y cuando los discípulos estaban pescando y no agarraban ni uno, ¿qué les dijo Jesús? lancen la red por la derecha cauros… y las redes volvieron llenas… y ¿aonde está sentado Jesús? a la derecha del Padre p’oh… y también en la derecha estarán ubicados los justos en el juicio final». Hizo un alto mientras ordenaba un café, y siguió; «pero el mandamiento más importante está en el libro de Mateo… ahí advierte bien clarito… ¡que no se entere la izquierda de lo que hace la derecha!… por eso es que hay que unirse contra la oposición», y terminó su discurso extendiendo un lápiz, junto con abrir un cuaderno para firmas.

Su estrategia comunicacional falló porque José María interrumpió diciéndome: «Tengo otra mejor, por si la mina es de batería baja, y le cuesta arrancar… me acerco y le digo… perdona ¿puedes ayudarme? ¡esa es mejor! porque no hay nada que enternezca y atrape más a una mujer que un cachorrito, o un jetón desorientado… ¡ahí está la papa!» concluyó. Disgustado “el pescaíto” por no poder sumar otros adherentes a sus postulados -quizás cuánto le pagaban por eso- sorbió lo que quedaba de su café, y refunfuñando reprochó; «con este par de simplones es imposible pensar en construir el futuro de la Patria ¡por la miéchica!» Se marchó sin pagar su cuenta, lo que explica la otra causa por la que siempre le sobra la plata.

Una dama -bamboleando sus delikatessen- apareció buscando mesa. José María entró en alerta ante su llegada, y partió ciego al ataque. Tampoco pagó su café.
Don Cristian, el eficiente mesero del Café, atento a estos súbitos éxodos, me cobró los tres consumos. Con el conocimiento de años en su oficio, me advirtió: «¿Y usted? ¿No va siendo hora de salir a trotar?» Ahí vine a recordar que la rotunda -con el ceño fruncido- e igual que en otras ocasiones, me había ordenado llevarle «una casatta p’a armar un postrecito» así es como -a mi edad- y con un helado amenazando derretirse, emprendí el trote a todo sol. ¡Menso!

* Jorge Retamal Villegas, escritor