
Por Antonio Álvarez Burger
Cuán previsible, disciplinado, rutinario y devoto guardián de sus costumbres es el chileno común. El que pisa estas tierras por vez primera (turista foráneo o inmigrante, por decir algo), y decide bucear en la idiosincracia nuestra, termina por convencerse de que somos realmente una raza fastidiosamente peculiar; y eso que no vamos a tocar los modismos, porque ahí sí que somos insoportables.
Muchos de nuestros conciudadanos están convencidos de que no comer empanadas para el «dieciocho» es una verdadera afrenta a la patria, una suerte de velada traición, mientras otros aseguran que si no hay torta en los cumpleaños, estos pierden su esencia y son definitivamente aburridos. Para Semana Santa, el menú varía a pescado o mariscos, y comer otra cosa –como por ejemplo «guatitas a la jardinera»– es poco menos que un sacrilegio. En «Año Nuevo», el compromiso inapelable es con la pechuga del pobre pavo, cuyo consumo en estas fechas tiene un valor agregado: da prestigio y un grado de prosapia. Y en esta cotidianidad inconmovible del chilenito, es el pollo el que la lleva. Incluso hasta es posible considerarlo nuestra «ave nacional»; es el que predomina, el que reina en los hogares. Y todo esto sólo en el terreno de los condumios.
En lo que respecta a la «cuasi» generalidad de los usos, prácticas, tradiciones, manías u obligaciones, tampoco el ciudadano común y corriente se sale de madre. Es terriblemente piadoso con sus propios fantasmas. Le enciende cirios a la formalidad más circunstancial. Ha asumido –por ejemplo– que si no usa corbata hasta en las temporadas estivales será mal recibido y, por tanto, resolvió ya no dejarla de lado (ciertamente, con «la excepción» que todos conocemos). Otro caso tiene que ver con aquel coterráneo que de ordinario viaja en autobús y busca ubicarse en un lugar lo más alejado posible del resto de los pasajeros, porque así puede –según el caso– manipular el celular con tranquilidad., rayar los asientos o, simplemente, dormir con la tranquilidad necesaria del noctámbulo o crápula empedernido.
Para las Fiestas Patrias, este mortal suele no perderse «La Parada Militar” (a menos que abomine de quienes visten uniforme). Es el mismo (o semejante) al que tiene por costumbre dejar semestral o anualmente flores artificiales en las tumbas de sus parientes extintos; el que conduce con despótica actitud y asiduidad su automóvil por el costado izquierdo de la carretera, y (¿por qué no decirlo) el que, si se abre una tienda o un supermercado nuevo, es capaz de madrugar para asistir a su inauguración por el temita éste de los ofertones. También es verdad que se le reconoce de inmediato en la época de verano, porque se tuesta bien al sol para hacernos creer que “se pegó” unas vacaciones de ensueño por las Islas Vírgenes, en Tahití o la Costa Azul. El Festival de Viña, sin duda, está impajaritablemente en su agenda, pues no deja de ser un motivo relevante de conversación con los amigos una vez de vuelta a su realidad. Como será que hasta dan ganas de gritarle: ¡Quién como tú que no piensa!
Se las sabe todas (siendo un pésimo lector), y se permite el lujo de emitir juicios con largura sobre asuntos de la más variada connotación. Y tampoco son escasos los que lucen una capacidad de aguante extraordinaria: soy testigo de que son capaces de permanecer horas eternas observando mimos, palomas, cantantes urbanos, bailarinas y predicadores en la plaza o en el paseo peatonal. En otras palabras, con tanto hábito adquirido la rutina la han convertido en dogma: acuden a la iglesia (ergo culto) y después se trasladan vertiginosamente al mall, aunque sólo sea a vitrinear; contratan la televisión por cable, pero para ver únicamente los canales locales. (Por lo que me han contado), son tan apegados al tedio que ven a diario telenovelas en las tardes, porque las mañanas las dedican con pasión desenfrenada a regar las plantas del antejardín que sueñan, pero del que carecen en casa… ¡Qué vida más aburrida la de esta gente!

