
Por Antonio Álvarez Burger
No nos engañemos. Son bastantes más de los que se piensa los que lo pasan mal, a pesar de toda esta publicidad ilusoria que nos muestra un mundo de bilz y pap. A unos cuantos, por ejemplo -gracias a la donosura que Dios les dio-, la televisión y la política les pagan una «turrada» (ergo, cantidad) de millones por cantar media hora en el Festival de Viña del Mar, en el primer caso, o por «hacer carrera» en el segundo. Pero eso no es la realidad de todos, ni mucho menos. Si nos ponemos una mano en el corazón, es más bien una afrenta para los que viven a punta de créditos y humillaciones para poder comer, educar a los hijos o conseguir atenderse por ahí, al cabo de varios meses de espera, en algún consultorio de salud donde escasea hasta el paracetamol.
Es hoy la palmaria, triste e insoslayable realidad de tantos, donde las distancias entre los afortunados y los postergados no han aumentado ni decrecido. Y al medio, por cierto -como el jamón del sandwich- la denominada clase media, los que no hayan para donde cortar: si para el banco, a intentar otro préstamo, o para la casa a rumiar sus penas. Qué le va a importar el famoso Tratado de Libre Comercio al tipo que tuvo que retirar de la Universidad o del Instituto Profesional a su hijo, porque se quedó cesante o porque simplemente no le alcanza el salario para continuar educándolo.
¿Acaso alguien del Gobierno de turno, los legisladores o el propietario de alguna empresa trucha le van a hacer una «cucha» (me salió verso) para que tal «derecho humano» se cumpla? ¿No debería ser inalienable este derecho, considerando que el agonizante jaguar de América, hoy incluso autocomplaciente, cada cierto tiempo se ve en la obligación de cambiar de domador, porque quien lo antecedió resultó devorado por el mamífero felino, de poderosa mordida..?
Que el aumento del precio del cobre en la bolsa metalera de Londres, que la baja del IPC o de los combustibles… Vayan a contárselo a esos empleados de tienda que, a modo de colación -avergonzados, degradados, ocultos en las escalerillas de las galerías o bajo los árboles de alguna plazoleta- «se nutren» todos los santos días apenas con un yogurt de mil pesos, una humita de dos mil quinientos, un modesto pan casero con margarina o un trozo de pizza.
En los días de festivales, o de «pan y circo», seguramente muchos, muchísimos, se ven en la obligación de distraerse, porque así posponen sus frustraciones y no quedan «out», ya que en este «chilito» -al que viven tironeando de un extremo a otro extremo- no hay de qué otra cosa hablar. Lo único que se ha logrado en estos últimos tiempos de convulsión política febril, es quedar paralizados, sin avanzar ni un ápice. Sólo patear las deudas y demonios; en definitiva, para los que se han sentido como el jamón del sándwich, únicamente juntar el hambre con las ganas de comer. El 3 de abril de 1987, Juan Pablo II proclamó, sin más ni más, la prioridad de la persona sobre las estructuras y las ideologías baratas, que prometen lo que jamás cumplen; proclamó la conciencia moral sobre las instituciones sociales que las expresan.
No nos movamos a engaño. Chile continúa con una alta desigualdad de ingresos. La brecha no se ha reducido con el conjeturado crecimiento económico, que a todas luces «güatea». En este contexto, los pobres (según estudios de la Cepal) siguen pensando que el objetivo más importante de la economía debería ser una mejor distribución de la riqueza, dejando enteramente de lado la vieja monserga de la expropiación. Cuando se junta el hambre con las ganas de comer no hay argumentos populistas o tecnocráticos que valgan. Lo único que vale es responder con hechos. Y es curioso que cada vez que toco este tema, se me viene a la cabeza aquel aforismo popular chileno que reza: «Otra cosa es con guitarra».
A estas alturas, la solución del problema ya no pasa por el discurso, la arenga o la promesa fácil, porque en el afectado (la víctima) no es el cerebro ni el corazón los que mandan sino que el estómago, esa parte del tubo digestivo que está situado bajo el diafragma y que tiene forma de bolsa. Sólo que esta bolsa necesita estar regularmente ocupada. De lo contrario se vienen males como el síndrome del intestino irritable o la gastritis… ¿Cuántos chilenos estarán sufriendo de gastritis en este momento?

