«Yo tiré hartos besitos, y todos para ti papito…».

 
Por Antonio Álvarez Burger

Vaya usted a saber cómo -con el paso de este inefable tiempo- el hombre terminó en Navidad reemplazando el pesebre por el árbol postizo, al Niño Jesús por Santa Claus, los regalos por el amor auténtico y las buenas acciones permanentes, y los ritos cristianos de adoración al Hijo de Dios por toda esa conocida parafernalia de consumismos y dispendios. 

Este encantador viejo del contaminante ¡jo jo jo!, de rostro increíblemente tierno y carismático, se las ha ingeniado, sin duda –con el incondicional soporte de los agentes publicitarios- para aletargarnos el espíritu y provocarnos un sueño colectivo que nos ha hecho olvidar el verdadero sentido de la gran fiesta de la cristiandad.

Hace un tiempo, un amigo mío reprendió duramente a su hija de seis años porque ocupó un papel con decoraciones navideñas que él tenía destinado para otros fines. Estaba escaso de dinero y no resistió, indignado, que la menor le diera un uso distinto. La niña había envuelto con él una caja para colocarla bajo el árbol iluminado y cargado de adornos. Pese a la reprimenda, ella –durante la mañana del 25 de diciembre- le llevó a su padre la referida caja. -“Esto es para ti, papito”-, le dijo, avergonzándolo.

No obstante, volvería éste a ofuscarse con la pequeña cuando, tras abrir el envoltorio, descubrió que no había nada adentro. Peor aún, le gritó, irritado: –“¿Acaso no sabes que cuando uno da un regalo, éste debe contener algo adentro? ¿O eres tonta?

-“Papi, no está vacía”, le contestó la niña: –“Yo tiré hartos besitos dentro de la caja; todos para ti, papito”.

Jamás olvidaría aquel diálogo con su hija.Lloraría abrazado a la pequeña, y no iba a cesar por años de repetirle que lo perdonara. Su niña murió trágicamente un tiempo después. Él todavía guarda la caja, y cada 25 de diciembre la abre cuidadosamente para no dejar escapar los besitos de su hija.

Una historia triste, funesta por cierto.

Los regalos navideños son importantes, sin duda, porque reflejan cariño y otras virtudes humanas. Pero no son lo más importante en la vida. La expresión directa del amor, con los sentimientos a flor de piel, siempre (no sólo en estas fechas) debiera ser un sello imperecedero del ser humano. Después de todo, ese niño a los pies del árbol se parece mucho a aquella “caja llena de besitos” que, en una Navidad no tan lejana, una pequeña le regalara con tanto amor a su atribulado padre…