
Por Antonio Álvarez Burger
Han pasado los años y aún recuerdo a este amigo de la infancia. Bernardo Castro se llamaba. Era tremendamente distraído. Los otros solían apodarlo «el astronauta» porque se lo pasaba «en la luna». Y vaya que tenían razón, porque con el paso de los años no mejoró en absoluto. Él, a modo de excusa, argüía que era una cuestión de temperamento y que, pese a su esfuerzo por no ser motejado de tal manera debido a su extremo despiste, las cosas ocurrían invariablemente como no lo deseaba.
Posiblemente Bernardo carecía de las fuerzas suficientes de concentración, tan indispensables en determinadas circunstancias a la postre cruciales. Porque es innegable que existe gente increíblemente atolondrada que se mete en problemas por lo mismo. Por cierto que la hay, aunque debe haber muy pocas como él lo fuera.
Afortunadamente, «la víctima» de su descuido no tuvo ningún percance durante aquel deslizamiento por la carretera, pese a que por aquella zona suele circular habitualmente un crecido porcentaje de vehículos motorizados de las más diversas dimensiones. No está demás decir que Bernardo Castro ni se percató de aquello. Simplemente, nuestro amigo continuó al volante, ignorando lo acontecido tras suyo. Si lo hubiera sabido, de seguro se habría llevado una sorpresa de tamaño magistral. Lo malo fue que sólo se dio cuenta del accidente cuando la ambulancia arribó al hospital. En aquel instante, los enfermeros procedieron a bajar la camilla con el paciente, pero éste no estaba por ninguna parte.
–¿Se habrá caído debajo?, se preguntó el camillero. Revisó por todos lados… y nada. Entonces interrogó a Bernardo si, por algún motivo especial, había amanecido con ganas de pasar «un rato agradable» durante el trayecto (esto porque, además, era un pícaro bebedor). Pero el conductor estaba pálido, perplejo y abismado. No podía comprender lo sucedido. (¡Ahora sí que me llegó!, se dijo Bernardo). Pero su mala suerte no llegó a revestir la gravedad que había ido creciendo en su imaginación, a partir de aquel dramático momento.
Varios minutos después se recibió en el establecimiento hospitalario una llamada telefónica, proveniente de uno de los pueblos recorridos durante el trayecto. La comunicación era categórica: –¡Fíjese que encontramos en medio de la carretera una camilla con un enfermo! A mi amigo conductor de la ambulancia se le había abierto en el camino la portezuela trasera del vehículo, y por allí había salido disparada hacia el exterior la camilla con enfermo y todo. No obstante, tan terrible no fue la situación para él… Sólo lo despidieron de inmediato del trabajo. A algunos se les suele perder el llavero, la billetera, una dirección. A Bernardo fue un enfermo… ¿Y qué tanto?

