Por Antonio Álvarez Burger
Al fondo del patio de mi casa hay un árbol de frondosa y exuberante fisonomía, donde a cada rato se refugian familias de pájaros que trinan incontenibles cuando empieza a despertar el día, y en las noches que demandan los silencios. En la fuente de agua de mi perro -con su unánime consentimiento- se bañan juguetones, beben y refocilan como niños candorosos ¿Será ése el elíseo para ellos, si para anidar y alimentarse se conforman sólo con las semillas y las hojas que desde la verde estatua en movimiento se precipitan a la tierra hendida, con los vientos convulsos, día a día?
Me honra ser parte de la creación de ese microcosmos que ellos se han creado. Yo les dejo agua a beber por las mañanas temprano y en los atardeceres, pues pretendo ser partícipe de aquel juego sublime, excelso, de estos pájaros que una vez, errantes, inquietos, llegaron a posarse y a construir sus nidos en ese magnífico árbol patriarcal.
Siempre hago que los ignoro. Sólo los observo por el rabillo del ojo. De ningún modo quiero que se vayan, si me han mostrado cómo ser feliz aún en esta tierra, sin aspavientos, sin mutismos o sosiegos fingidos, sin mendacidades. Hasta pienso que nuestra prueba de nobleza, rectitud e integridad espiritual, está regida por lo que nosotros mismos hagamos por estos hermanos menores, por estas avecillas y demás animalitos, y que ellos han sido puestos en este mundo para probar nuestra potestad y destreza de ser dignos como seres vivos que aspiran a la inmortalidad.
Creo que cuando Jesús hablara del amor al prójimo lo hizo pensando también en los animales, llamados por el hombre, desacertadamente, irracionales. A veces discurro que al mundo prácticamente lo mueve el instinto, más que la inteligencia de los seres humanos. Y me pregunto si no debieran ser los animales los que adiestren a los hombres, más que los hombres sometiendo a los animales con sus envanecimientos, arrogancia y miserias.

