Sobre el extenuado Mercado de Concepción

Por Antonio Álvarez Burger

¿Burocracia, desinterés, incompetencia? ¿Cuál de estas interrogantes calzará con mayor rigor en este entramado de juicios que, a mi parecer, se entrecruzan a la hora de preguntar respecto a lo que sucede realmente con el hoy fatigado, lánguido Mercado de Concepción, otrora motivo de razonable ufanía para los habitantes de la urbe penquista?

El arquitecto Sebastián Gray, en mayo de 2013, abordó en un medio de circulación nacional lo que ocurría con la derruida edificación. Traigo a cuento acá tan relevante materia, antes de que transcurran otras décadas estériles. «El pragmatismo destructivo de gestores inmobiliarios y funcionarios públicos tiene una sola explicación: la ignorancia cultural y la falta de amor por la historia de su país», argüía. Y también recordaba que el Mercado de Concepción es obra del húngaro Tibor Weiner, arquitecto formado en la Bauhaus y en la vanguardia del constructivismo ruso, quien había llegado a Chile el año 1939, escapando de la Segunda Guerra Mundial. Weiner –sostenía Sebastián Gray en su artículo– ganó varios concursos del Estado chileno para la reconstrucción de infraestructura, y entre sus obras brilla sin duda la audaz estructura de este mercado, con una bóveda de 50 metros de luz entre apoyos.  

Desde la década de los 90 –continuaba–, la privatización del mercado municipal ha significado desafortunadas alteraciones al edificio, descuido general y, últimamente, la proposición de demolerlo para construir en el codiciado terreno algo más rentable.

En la citada crónica de 2013, Gray resaltaba: «Desde hace algún tiempo me correspondo con Luis Darmendrail, joven licenciado penquista, autor entusiasta de un blog llamado ‘Historia Arquitectónica de Concepción’ (concehistorico blogspot.com), que recomiendo a estudiosos y amateurs de las tradiciones de nuestro país. Como orgulloso urbanista, Darmendrail observa con ojo agudo los ires y venires de su querida Concepción, ciudad ejemplar, pujante y moderna durante casi toda nuestra historia republicana, y ahora también reflejo del desprecio por el patrimonio construido, que resulta tras décadas de antojadiza liberalidad en la planificación y gestión del suelo en las ciudades chilenas».

Bueno, en el último ensayo del blog de Darmendrail (lo destaca el arquitecto Gray), éste hace una síntesis de la historia del Mercado de Concepción, «recientemente incendiado en medio de un largo y ácido conflicto entre especuladores inmobiliarios, locatarios y autoridades por su valor y su destino». Situado en un lugar muy tradicional de la cuadrilla penquista, a pasos de la Plaza de Armas (de La Independencia), se trata de uno de los edificios más notables de la modernidad chilena, fantástico por su alarde de ingeniería y arquitectura en 1940, apenas meses después de que la región fuese arrasada por uno de los mayores terremotos registrados en la historia. El terremoto de Chillán había sido el primero en Chile documentado con detalle desde el aire: las pocas estructuras que habían quedado en pie eran todas de hormigón armado; de ahí en adelante la sociedad entera construiría en «material».

Yo, un humilde ser nacido y criado en la metrópoli penquista –hoy tan venida a menos por la desidia, la burocracia, incompetencia y afanes seudo revolucionarios de algunos–, me pliego a los últimos pensamientos vertidos por Gray en aquel comentario de hace ya 12 años: «Antes de que nada se decida, debe ser el ciudadano de Concepción el que tenga la palabra sobre el destino de tan formidable y simbólico edificio».