Un baile aterrador, pero real

Por Antonio Álvarez Burger

Y una vez allí, formando un círculo compacto, singular, se pusieron a bailar frenéticamente. Era un baile tan insólito, que ninguno de los viajeros había observado nunca antes. Al principio los bailarines lo hacían calmosamente, pero a medida que transcurrían los minutos iban contorsionándose de manera asombrosa. Aquellos cuerpos se retorcían en medio de gemidos y risas lastimeras que escapaban a lo real.

El hombre, atemorizado frente a aquella demoníaca escena, observaba cómo la gente brincaba con extraño frenesí y con los ojos perdidos en el vacío. A algunos de los danzantes les emergía espuma de la boca; otros se dejaban caer pesadamente al suelo, exhaustos y desarticulados. A medida que algunos caían al empedrado, otros de inmediato ocupaban sus lugares. El contagio era colectivo, porque las mujeres abandonaban sus hogares; los comerciantes, sus negocios; los trabajadores sus centros laborales, y los niños las escuelas, para integrarse a aquel círculo infernal y desenfrenado. El hombre no hallaba una explicación plausible a aquello. Entre la multitud había rostros conocidos. Algunos, con sardónica sonrisa, lo invitaban a bailar; unos cuantos estiraban sus extremidades hacia el lugar, para que tomara parte en esa inconcebible, grotesca y extravagante danza.

La procesión de bailarines iba engrosándose gradualmente y cada vez más en la carretera. Él se sentía aterrorizado, angustiado, limitándose a contemplar aquella horripilante escena. El caos mental lo mortificaba con inusual saña. No entendía cómo había llegado allí; definitivamente no conocía aquel pueblo de seres perturbados. Esas misteriosas personas no parecían reales. Discurría que acaso se trataba de muertos, de acometedores zombies; pero, al mismo tiempo, presentía que aquello no podía ser posible, ya que entre esos rostros contrahechos y desfigurados por el diabólico éxtasis del raro baile, se hallaban los de numerosos amigos vivos. No lograba entenderlo.

Repentinamente, una mujer feísima cogió su mano, y con extraordinaria fuerza lo lanzó hacia el centro del círculo, donde cuerpos ya casi sin vida yacían en el suelo convulsionando, sucios, quejumbrosos, desfigurados. Su grito de terror, al encontrarse intempestivamente en medio de esos muertos en vida, se escuchó muy lejos de allí. El hombre despertó sobresaltado, sudando copiosamente, asustado. Entonces encendió con presteza la luz de su cuarto, y se restregó los ojos con desesperación para poder captar lo que sucedía a su rededor. Mas nada había en su entorno ¿Una alucinación, un delirio, una experiencia pesadillesca? De súbito advirtió que sobre el velador, al costado de su lecho, estaba «El Baile de San Vito», aquel libro sobre los enigmas de la mente. Su argumento era muy insólito: «…la historia comenzó en Aix-la Chapelle. Una mañana sus habitantes, al despertar, hallaron que la ciudad estaba invadida por un grupo de gente extraña, que había venido de Alemania. Silenciosamente, esta gente formó un círculo y se puso a bailar. Despacio al principio, y luego cada vez más exaltada…».  

*** (El baile de San Vito es la forma común como se conoce a las enfermedades de Corea de Sydenham y Corea de Huntington, dolencias neurológicas que hacen referencia a la degeneración del sistema nervioso central, cuyos trastornos provocan movimientos corporales bruscos y convulsivos. Hoy esta perturbación afecta sólo a un millar de personas en el mundo, pero durante la Edad Media estaba bastante más extendida. A aquellos que la padecían se les acusaba de estar poseídos, y eran quemados en una hoguera).