
Por Antonio Álvarez Burger
Un viejo español, muy amigo de los adagios y de mi padre, solía entrar en cólera con bastante frecuencia cuando le tocaban el tema del daño que peligrosamente el hombre está infringiendo a la naturaleza. Lo enervaban las noticias donde –de uno u otro modo– se estimulaban acciones que eventualmente tendían a dar justificación a procesos de destrucción del medio ambiente.
Coincidía plenamente con Frers, un experto trasandino en la materia, en cuanto a que «los costos de la cultura han sido altísimos», y que «nos conducen irremediablemente a un suicidio ecológico generalizado, a las armas nucleares, a la globalización de las economías de crecimiento ilimitado y a la pérdida de un sano sentido de inserción en el resto del mundo natural».
Refranero hasta la médula, se las ingeniaba para remarcar su parecer con sentencias bastante propias de su tierra. «El mejor vino se puede tornar vinagre», decía, frente a la amenaza que se cierne sobre la humanidad, de continuar la depredación.
«¡Echa cuentas y te saldrán rosarios!», machacaba.
Sólo basta con observar, por ejemplo, lo que sucede con la contaminación de las aguas; la mayor parte del agua que bebemos proviene de los mismos ríos o lagos en los que se vierte la bazofia industrial y domiciliaria.
El amigo español diría, construyendo su verso: el agua clara y corriente no contamina a la gente. Es cierto, pues los costos de la cultura han sido verdaderamente altos, sobre todo para el ciudadano común. Y la paradoja es que el aumento de la expectativa de vida ha provocado, en la misma proporción, un descenso de las necesidades de protección de la familia e incrementó el individualismo. Estas particularidades, al decir de Frers, favorecieron la decisión en el hombre de priorizar los intereses personales por sobre los deberes y las obligaciones comunitarias.
Además, es muy importante inferir que el contexto político y socioeconómico induce al aislamiento, al egoísmo más químicamente puro. Y, por otra parte, los ruidos, el trajín inacabable, las preocupaciones por tanta complejidad en este mundo globalizado y tecnológico de hoy, que ha sentado los reales de la impersonalidad más deplorable en las ciudades, tornan sumamente complicadas las relaciones interpersonales. En algún sentido, aquel hombre que es conducido a rajatabla hacia la modernidad –en que para escalar hacia no sé dónde, muchos están sacrificando el medio natural de su subsistencia y a sus propios semejantes–, no es enteramente responsable de su conducta. Curiosamente se ve obligado a actuar de ese modo por la condición insana, abrumadora, angustiante, de su entorno artificioso.
Razón tenía entonces el viejo español cuando exteriorizaba su pensamiento con tamaña pasión. Y aunque pocos le hacían caso cuando, por ejemplo, se quejaba amargamente por la extinción de tantas especies animales debido a la acción del hombre, él repetía y repetía imperturbable sus refranes: «Aunque el ave que vuela, a la cazuela», sostenía, yo les respondo con este otro, más responsable: «El ave va a seguir cantando, aunque la rama cruja».
Fue un Quijote este viejo amigo de mi padre. Hasta su muerte luchó contra los molinos de viento, seguramente porque, como el personaje de Cervantes, era también un ingenioso hidalgo.

