
Por Antonio Álvarez Bürger
Esto me sucedió hace años, cuando me desempeñaba en un periódico relevante e influyente. Fue una vieja mujer que en la empresa administraba no sé qué, que quiso avergonzarme y quitarme mi herramienta de trabajo. Le dije que se fuera a la mierda porque yo trabajaba con el cerebro (¿o no se lo dije?), y que era capaz de hacerlo rodar con pulcra perfección por entre cada tecla, pulsador o clavija. Le dije en aquella ocasión que la máquina a mí sí que me hacía caso, no como a ella que carecía de finura y escrúpulos (no la usaba, no la limpiaba ni la protegía del polvo). Pero, sobre todo, que aquello ocurría por su despotismo y la ignorancia inmensa que, en vano, ocultaba detrás de esa vestimenta de falsa fémina inteligente.
Un día se ofuscó todavía más cuando tuvo que irse frustrada, pues la máquina se descompuso delante de ella como si realmente lo hubiese urdido; yo, en cambio, me quedé luego acariciándola con mis dedos de pianista, musicalizando todas y cada una de las palabras de su ira. Y surtió efecto porque conseguí aplacarla. Esa señora abominable, la administradora, era como un monstruoso pájaro negro de mil ojos, que espiaba incluso desde la cima de los árboles, a través de los ventanales nebulosos, o desde abajo, por los intersticios que dejaba el añoso y vasto piso entablado. Aquella mujer del carajo me sacaba de mis casillas todos los santos días; y me perturbaba los pensamientos, porque sabía que de ese modo la máquina iba a desconocerme y a terminar seguramente hastiada de aguardar mis reflexiones. Fue tanto el cántaro al agua que un día, colmada mi paciencia, la asesiné. Sí, lo hice. Deliberadamente. Con furia y saña incontenibles.
Tuve tiempo suficiente para imaginar hasta el método que utilizaría, y siempre con alevosa determinación. Lo primero que hice fue coger una hoja blanca de papel, que con prontitud coloqué en el rodillo para disponerme a iniciar la cacería. La antigua Olympia (hubieran visto ustedes), a cada golpe con las yemas de mis dedos llegaba a saltar de gusto. Yo, extremadamente nervioso por querer matarla con la mayor premura, no sé cuántas veces llegué a machacar descomedidamente el teclado. Sin embargo, al fin logré mi objetivo. La estrangulé con mis propias manos, y enseguida la despanzurré.
La nota postrimera, que preparé luego para el juez, rezaba: «Durante incontables semanas, meses y años, esta señora me hizo la existencia imposible; así que aquí en el papel, al final de mi confesión, con lujo de detalles dibujé la silueta de su cuerpo destrozado y tirado en el piso, tal como lo dejara después de destriparla (pues, no vaya a ser, señor magistrado, que alguien intente antes mover partes de su humanidad sin su autorización, creyendo que aún alguna de ellas tiene un hálito de vida). Respecto a los pormenores del suceso, usted, usía, los conocerá con la diligencia que amerita el caso, en cuanto tenga la bondad de retirar la hoja del rodillo de la máquina, y leerlos.
No se imagina la paz y satisfacción que siento ahora que he consumado el crimen. En absoluto me arrepiento por la comisión de este flagrante delito, pues ella se lo merecía con creces; y le juro que volvería a asesinarla todas las veces que me sean necesarias, a menos, claro, que se descomponga definitivamente la máquina de escribir o que se me acaben ya las mil formas que he imaginado de cómo deshacerme de esta mujer tan perversa. ¡Ah, y antes que lo olvide, mi seudónimo es Jack El Destripador!

