Impacto agrícola desde Chillán: INIA con Tecnología y datos aplica «Gestión Hídrica Inteligente» en Biobío, Ñuble y Maule

En el corazón del campo chileno, un grupo de investigadores del INIA Quilamapu está liderando una transformación silenciosa pero poderosa. Se trata de “Gestión Hídrica Inteligente”, una iniciativa que combina ciencia, tecnología y datos para enfrentar uno de los desafíos más urgentes de la agricultura moderna: el uso eficiente del agua.

Este proyecto es parte del sistema Smartfield, un innovador modelo de agricultura digital impulsado por el investigador Stanley Best y su equipo. ¿La idea central? Llevar inteligencia artificial, sensores, imágenes satelitales y asesoría técnica directamente a los campos agrícolas de Maule, Ñuble y Biobío.

El Smartfield funciona como una especie de “centro comercial tecnológico virtual” donde confluyen empresas, científicos y agricultores. Allí se prueban y validan soluciones que luego se aplican directamente en terreno, buscando siempre ser útiles, simples y eficaces para quienes trabajan la tierra.

De la teoría al campo: resultados concretos

El proyecto ya se encuentra en su tercera temporada y tiene su base de operaciones en el campo experimental Santa Rosa, en Chillán. La tecnología no solo se queda en el laboratorio: se instala, se prueba y se ajusta directamente en parcelas reales, en colaboración con los productores locales.

Uno de los actores clave en este proceso es el consultor técnico Patricio González, quien asesora a productores de berries en Parral. A través de sensores de humedad del suelo y transmisión de datos vía satélite, González puede entregar recomendaciones precisas de riego a más de 40 agricultores. “Recibo la información en tiempo real y se las comparto por WhatsApp. Así saben cuándo y cuánto regar. Es un cambio radical”, afirma.

Más allá de los datos, el impacto social es profundo. “Esta tecnología ha motivado a muchos jóvenes agricultores a quedarse en el campo. Ven que la agricultura puede ser moderna, rentable y sustentable”, asegura González.

Tecnología que cambia vidas

Uno de esos jóvenes es Eduardo Yáñez, quien adoptó el sistema Smartfield en el huerto de arándanos de su familia. En solo tres temporadas, su producción pasó de 15 mil a 20 mil kilos por hectárea. “Antes, el huerto era muy desigual. Ahora, gracias al monitoreo, sé exactamente cuánto regar. El cambio ha sido enorme”, relata.

Yáñez planea llevar esta tecnología a otros cultivos como los nogales, convencido de que la eficiencia hídrica es clave para el futuro de la agricultura chilena. Y aunque reconoce que la inversión inicial en sensores (alrededor de dos millones de pesos) puede ser alta, asegura que los beneficios superan con creces el costo.

Un modelo para replicar

La iniciativa ha sido respaldada por las direcciones regionales de INIA Quilamapu e INIA Raihuén, así como por la Fundación para la Innovación Agraria (FIA). Para sus impulsores, la meta es clara: llevar esta experiencia a más regiones y convertir el Smartfield en un estándar nacional de gestión agrícola inteligente.

“Lo que buscamos es que la tecnología se adapte al agricultor, no al revés”, explica Stanley Best. “Queremos soluciones que realmente mejoren su producción, su calidad de vida y la sustentabilidad de su trabajo”.

SOJ

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