
Por Antonio Álvarez Bürger
Moya (para que nos vayamos entendiendo) somos usted, yo y todos los que, inmersos en esta suerte de estado de sometimiento a leyes comunes o, lo que podríamos llamar cadena estructural de la sociedad, nos ubicamos indefectiblemente en el último y más débil eslabón de la misma.
Para qué traer a cuento quién fue el que, con tanto agudo ingenio, nos dejara caer tal mote. Es más relevante admitir que el hombre tenía razón y que el suyo fue todo un acierto.
Moya es ése que debe asumir intereses usureros en bancos y otras entidades financieras cuando se atrasa treinta días en cancelar un crédito, y al que no se le hace ninguna concesión cuando adelanta en los mismos treinta días el pago de su compromiso.
Es el que estaciona siempre el automóvil en la vía pública (si es que posee uno), y el que vive atrasado en las mensualidades del colegio de sus hijos; es el que se levanta a las cuatro de la mañana para hacer fila y ser atendido al mediodía en los hospitales y consultorios; es el que habitualmente veranea en el patio trasero de la casa y el que, por lo general, se traslada en autobús o en colectivo hacia su lugar de trabajo (cuando lo tiene); y el que sufre de insomnio crónico, y al que por lo menos en una ocasión le han embargado los enseres del hogar.
Es Moya el que suele ocupar gran parte de su tiempo desbloqueando tarjetas de crédito o aclarando protestos en Dicom. Es el que está siempre ahí, en los supermercados, degustando algún producto nuevo en promoción, y al que cada cierto tiempo lo visitan para cortarle la luz, el agua, el gas o el teléfono.
Algunos Moya son fieles seguidores del Kino, del Lotto o del Imán. Hay otros que son hípicos por antonomasia. También los hay que pasan el día corriendo de aquí para allá y de allá para acá, para poder responder a “pitutos” de la más diversa índole, toda vez que el sueldo nunca les alcanza. Definitivamente, es el que nunca deja de pagar los platos que rompen otros. Más aún, por su inefable capacidad de absorción de los problemas propios y ajenos, puede terminar incluso responsabilizándose de los vaivenes de la economía nacional e internacional.
Como es el último eslabón de la cadena, y el más indefenso, en este juego del comprahuevos, han terminado también endosándole (importadores, distribuidores y empresarios del transporte público), las diferencias de precio de los combustibles. En otras palabras: Cuando llueva sopa, Moya andará siempre con un tenedor. Moya es el “roto contemporáneo” que se merece un gigantesco monumento en el centro mismo del territorio nacional, porque ningún gobierno, ningún empresario, ninguna institución de la República ni organismo público o privado, ningún político ni tecnócrata de este país, ha sido y es tan noble, ha sido y es tan estoico, ha sido y es tan luchador como Moya.
¡Por favor, no te mueras nunca Moyita!

