A propósito de El Día del Padre

Regresaba de dejar los restos de un amigo en el camposanto, y no pude evitar darme cuenta de la ninguna existencia de flores viejas sobre las lápidas solitarias que cubren los restos de muchos varones, olvidados apenas sepultados. ¿Tan intolerables fueron para sus hijos? ¿Cómo es el corazón de un padre? Pensaba en eso cuando recordé una historia… 

Ocurrió un lunes de Semana Santa.

Al tañido de la última de doce campanadas, se produjo el lúgubre crujido de la tarima al caer. El cuerpo del condenado se retorció, atrapado en el lazo seboso de la horca, rebelándose en contra de la anticipada partida de esta vida. Débiles gotas de orina resbalaron por sus piernas, desprendiéndose hacia el suelo desde sus pies descalzos, hasta cuando -por fin- la fría mano de la Muerte concluyó con el desgarramiento de sus signos vitales, y detuvo el escalofriante pataleo. La refinada crueldad de la administración de justicia había agregado -al ritual escénico del ajusticiamiento- el deber del condenado de dar sólo un paso hacia el cadalso, tras cada campanada proveniente de la torre de la iglesia que -como telón de fondo- se alzaba detrás del patíbulo. Sólo después del duodécimo tañido, la ley permitía al verdugo tirar de la palanca que dejaba caer la tarima sobre la que se equilibraba la figura del ejecutado, dejándolo retorcerse suspendido en el aire.

Siguió el camino mortal, un segundo condenado. La primera campanada lo acercó un paso al patíbulo, mientras se le oía murmurar: ¡Dios Mío! ¡Una oportunidad! ¡Sólo una más! Retumbó la segunda y, junto con el empujón para que avanzara otro tranco, se le escuchó clamar con resignación: ¡Puedo redimirme! ¡Dios… dame una oportunidad! El campanero de la iglesia jaló la cuerda, y el tercer lamento del bronce se esparció -lúgubre- por todo el valle circundante, estremeciendo a sus oyentes. Sólidamente amarrado -porque los verdugos saben que quien es privado de un presente se hace peligroso- se le hacía avanzar trastabillando. 

El sujeto alzó la mirada y observó -con mueca de horror- como la cuerda se acercaba… a cada tañido… a cada paso… pero no cejó en murmurar su plegaria: ¡Dios… intercede para que no me maten… concédeme tu piedad! La gruesa cuerda de la enorme campana volvió a ser tironeada… pero el sonido no llegó. Estupefacto, el viejo sacerdote -quien asistía a los condenados con aburridas oraciones- fue en busca del campanero y le ayudó a tirar del cordel para hacer que el badajo de la campana se estrellara contra esta, trayendo al fúnebre escenario otro tañido… y otra zancada hacia el fin. Tironearon juntos varias veces -con todas sus fuerzas- pero ningún sonido escapaba del elevado campanario.

Se les unió el fornido verdugo, y el esfuerzo de los tres hacía que la enorme campana se elevara hacia el cielo y cayera violentamente sobre el badajo… pero el silencio seguía reinando… y la lúgubre ceremonia no podía concluir. Los hombres de la ley -estupefactos ante el misterio- se reunieron precipitadamente y -con premura- concluyeron que, al no cumplirse la exigencia de la doceava campanada, el condenado debía ser indultado. Despojado de las ligaduras que aseguraban la sumisión del convicto, el sujeto se arrodilló y, alzando los ojos al cielo, exclamó: ¡Gracias Dios mío!

Los jueces, el sacerdote, el campanero y el verdugo, subieron trabajosamente al campanario -incrustado en el cielo- en busca de una explicación al misterio de su mutismo. Bañado en sangre -amarrado con cuerdas al badajo de la campana- encontraron a un hombre muy maltratado por la fractura de los huesos, cuyos fragmentos habían roto su piel manando abundante sangre.  Había sido el cuerpo del sujeto lo que había servido de amortiguador a los golpes del bronce del instrumento, ocasionando el inexplicable enmudecimiento de éste.

Al depositarlo en tierra y, en presencia del ronquido precursor del inminente deceso, el mártir giró su rostro ensangrentado hacia el indultado, musitando débilmente: No soy Dios… sólo soy tu papá… y expiró. 

Ocurrió un lunes de Semana Santa.

* Por Jorge Retamal Villegas