Huracanes más intensos en el Pacífico y calma en el Atlántico: los efectos de fenómeno El Niño que ya se sienten en los océanos

*  Los efectos de El Niño se reflejan actualmente en el Pacífico, con huracanes más intensos, como Polo, que pasó de tormenta tropical a huracán categoría 5 en sólo 48 horas. Los efectos también llegan al Atlántico, que hasta este 7 de octubre no había reportado huracanes en la temporada de 2026, hasta que Isaías se convirtió en el primero en la región. Especialistas consultados por Mongabay Latam explican que El Niño altera el sistema climático a través de teleconexiones, relaciones importantes entre fenómenos meteorológicos en lugares muy distantes de la Tierra que pueden abarcar miles de kilómetros. También advierten que a futuro se espera el aumento de eventos extremos asociados a fenómenos como El Niño y La Niña: lluvias intensas, sequías extensas, así como olas de calor y huracanes más intensos.

Cinco datos que son clave

El Niño no sólo se refleja en las sequías, en la pérdida de cultivos y los incendios. Sus efectos, originados en los océanos, impactan en el mar de formas distintas. Mientras que el Pacífico atraviesa una temporada de huracanes —intensificados por el fenómeno natural—, en el Atlántico hay una inactividad inusual de ciclones que da una momentánea tranquilidad para comunidades costeras. La influencia de El Niño, junto con otros factores, ya se ven reflejados en dos realidades oceánicas. En el Pacífico, por ejemplo, al ciclón Polo le tomó unas 48 horas pasar de una tormenta tropical a convertirse en un poderoso huracán categoría 5 frente a las costas de México.

La velocidad de su crecimiento puso en alerta a autoridades y poblaciones. Por otro lado, en el Atlántico ocurre el extremo opuesto, la ausencia de huracanes en plena temporada —la cual concluye el 30 de noviembre—, es un hecho que no ocurría desde 1914. Meteorólogos y especialistas consultados por Mongabay Latam explican cuál es la conexión entre estos sucesos con El Niño y qué podemos esperar en el futuro, ante fenómenos naturales más intensos agravados por la crisis climática.

Aire caliente, alimento de intensos huracanes en el Pacífico

Este año la temporada de ciclones tropicales inició oficialmente el 15 de mayo en el Pacífico. Esto coincidió con al aumento de la temperatura del océano asociada con El Niño y con otros factores climáticos que han puesto las condiciones propicias para que los huracanes aumenten su intensidad. El caso de Polo es un reflejo de esta combinación pues más allá de convertirse velozmente en un huracán categoría 5, alcanzó tres veces en distintos periodos de su vida este nivel, lo cual es inusual, de acuerdo con Christian Domínguez Sarmiento, investigadora titular del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM. “El niño no tiene tanto que ver con la frecuencia, sino con la intensidad que pueden alcanzar, además viven un poco más y se extienden hacia Hawaii”, explica la especialista a Mongabay Latam y destaca las aguas cálidas como el potenciador de los ciclones. “Es como el combustible que se le da a los ciclones tropicales para que sigan viviendo mucho más tiempo”, agrega.

Entrada del huracán Polo a Baja California Sur

John Morales, fundador y perito meteorólogo de ClimaData, coincide en que el mayor nutriente para un huracán son las aguas cálidas y factor con el que también contribuye el cambio climático. “Mientras más cálida esté el agua, mayor oportunidad existe para evaporarla y que ese vapor de agua sirva para brindarle energía a un huracán que se está fortaleciendo. Más evaporación de la superficie del mar por aguas cálidas lleva a una intensificación rápida de un huracán”, sostiene el experto. Las inundaciones y afectaciones a viviendas que dejó Polo en su paso por México fueron solo una parte del riesgo. Actualmente el Sistema Meteorológico del país advierte ya la formación del huracán Rachel, así como de la tormenta tropical Simón en el Pacífico.

Esta alteración en las condiciones oceanográficas va a continuar, de acuerdo con el Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN), el cual proyecta un fortalecimiento del fenómeno y altas probabilidades de que alcance su pico en el trimestre que va de octubre a diciembre. “En las últimas décadas se han observado un mayor número de huracanes intensos extendiéndose hacia más regiones geográficas que en épocas pasadas no eran propensas a este tipo de tormentas, además, se espera que este tipo de tormentas incremente en frecuencia e intensidad en el futuro”, señalaron especialistas del CIIFEN a Mongabay Latam.

La calma en el Atlántico y la conexión con El Niño

Pese a que la temporada de ciclones en el Atlántico comenzó desde el 1° de junio, el Centro Nacional de Huracanes no había identificado huracanes en la región, hasta este 7 de octubre –con la formación de Isaías como categoría 1–, un hecho que no ocurría en décadas. El Niño, el mismo fenómeno que está potenciando huracanes en el Pacífico, también está contribuyendo a esta poca actividad ciclónica. De acuerdo con especialistas del CIIFEN, durante este fenómeno se alteran principalmente los vientos, lo que genera cambios bruscos en la velocidad y dirección. “Estas condiciones reducen la energía disponible para que se formen y fortalezcan los huracanes en el Atlántico. Debido a la intensidad de El Niño actual, junto a otros factores climáticos que redujeron la humedad ambiental, se ha observado una temporada de huracanes particularmente débil en el Atlántico durante este año”, señala el centro internacional.

La Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés) explica que el calentamiento del Pacífico y la alteración de la circulación atmosférica global llegan a «cortar» la estructura de las tormentas en desarrollo en el Atlántico impidiendo que se transformen en huracanes. Morales cuenta que el incremento de las temperaturas oceánicas irónicamente también contribuye a impedir el desarrollo de huracanes en la zona del Atlántico, pues genera condiciones hostiles cuando el agua y aire cálidos entran en contacto, y al ser menos denso que el frío comienza a ascender a la troposfera, la parte baja de la atmósfera, donde finalmente se dispersa en diferentes direcciones.

“Es como si fuese un globo aerostático que se está llenando con aire bien caliente. Hemos reemplazado el agua y aire frío con agua y aire caliente que está en ascenso, que está generando nubes de lluvia, tormentas eléctricas que se extienden a muchos kilómetros verticalmente dentro de la troposfera”, expone el especialista. Ese aire divergente en el Pacífico oriental que no puede seguir subiendo por la atmósfera, precisa Morales, causa una “corriente en chorro” que acentúa el viento del oeste que cruza Centroamérica, México y el norte de Sudamérica, lo que provoca los llamados vientos cortantes. “Vientos cortantes que le pican la cabeza a cualquier tormenta tropical o huracán que esté tratando de formarse en el Caribe, en el Golfo de México y la región entre las Antillas y África”, sostiene el también co-presidente de campaña de urgencia climática para Climate Power.

«El Océano Atlántico está calladito»

El experto agrega que otro factor importante es el aire descendente sobre la cuenca del Atlántico, lo que no permite la condensación. “Tenemos aire que se está comprimiendo, que se está calentando al descender y no puede formarse ninguna nube, mucho menos una depresión o tormenta tropical, por eso el Atlántico está calladito”, explica el especialista a Mongabay Latam. Ante la inquietud de si esta relativa calma en el Atlántico puede tener un efecto contrario al finalizar el fenómeno de El Niño, con más huracanes, los especialistas aclaran que no es algo predecible, pero que es posible una conexión entre este fenómeno con la intensidad de futuros huracanes.

El CIIFEN explica que El Niño genera alteraciones en el sistema climático a través de teleconexiones, relaciones importantes entre fenómenos meteorológicos en lugares muy distantes de la Tierra que pueden abarcar miles de kilómetros. “Hay evidencias de que El Niño puede modular componentes climáticos del Atlántico meses después del evento; sin embargo, no hay evidencias científicas concretas que demuestren un efecto directo predecible”, dicen especialistas del centro internacional de investigación. Agregan que en el caso de huracanes es difícil predecir impactos rezagados de fenómenos como El Niño o La Niña, pues señalan que la actividad ciclónica depende de múltiples factores climáticos simultáneos.

Morales considera que es posible que esos efectos rezagados se presenten una vez que concluya El Niño y haya una transición hacia una posible Niña, que consiste en el enfriamiento de las aguas superficiales en el Pacífico, un efecto contrario. “Cuando se relaje el viento cortante de altura, cuando ya el aire no esté en descenso a través del Atlántico, las temperaturas cálidas en la superficie van a empezar a influir en la formación de nuevas tormentas. Preocupa lo que pueda surgir a final de verano y principio de otoño de 2027 en el hemisferio norte”, expone el experto.

Niños y huracanes más intensos, una nueva posibilidad

Aunque no hay un consenso sobre los cambios en magnitud o frecuencia de El Niño en escenarios futuros, los especialistas sí esperan el aumento de eventos extremos asociados a fenómenos como El Niño y La Niña: lluvias intensas, sequías extensas, así como olas de calor y huracanes más intensos. Para Domínguez es clave que ante estos escenarios, los países cuenten con mayores instrumentos de monitoreo de huracanes y mejores medidas de prevención. “En gran parte de los países de Latinoamérica hace falta mucho más instrumentación de observación. En México necesitamos más radares que cubran todas las costas del país. Actualmente solo tenemos cuatro a nivel nacional, necesitamos uno por estado”, dice la especialista a Mongabay Latam.

Además, considera que si la información no llega a las personas, las consecuencias de estos fenómenos extremos no se van a reducir. “Estamos obligados a mejorar la resiliencia de comunidades, de pueblos, de estados y países ante fenómenos más extremos en su intensidad”, sostiene Morales quien considera clave fomentar la resiliencia entre las personas y comunidades más vulnerables. “Hay que adaptarse de la mejor manera posible a un clima que no es con el cual los humanos prosperaron en este planeta”, advierte.

*  Artículo publicado en Mongabay Latam. Autor: Gonzalo Ortuño López