* En Chile viven más de 3,6 millones de personas de 60 años o más, una transformación demográfica que plantea nuevos desafíos para las viviendas y las ciudades. Juan Paulo Alarcón, académico de Arquitectura de la Universidad Andrés Bello, explica por qué el debate debe ir más allá de instalar rampas o adaptar baños y avanzar hacia hogares y barrios capaces de acompañar las distintas etapas de la vida.
Chile está envejeciendo. De acuerdo con los resultados del Censo 2024, en el país viven 3.665.028 personas de 60 años o más, equivalentes al 19,8% de la población. La cifra prácticamente duplica la proporción registrada en 1992, cuando este grupo representaba el 9,7%, y actualmente las personas mayores ya superan en número a los menores de 15 años. Esta transformación demográfica abre una pregunta que va mucho más allá de las cifras: ¿están preparadas las viviendas y ciudades chilenas para acompañar a sus habitantes a medida que envejecen?
Una vivienda puede funcionar perfectamente para una familia con niños pequeños y, años más tarde, dejar de responder a las necesidades de esas mismas personas. Los hijos se van, pueden aparecer períodos de movilidad reducida, nuevas necesidades de cuidado o incorporarse integrantes de mayor edad. Sin embargo, buena parte de las viviendas sigue siendo concebida para responder a un momento determinado de la vida y no necesariamente para acompañar esas transformaciones.
Para Juan Paulo Alarcón, una de las primeras claves está en disponer de espacios capaces de cambiar junto con sus habitantes. “Es importante disponer de espacios que puedan reconfigurarse con facilidad según las distintas etapas y condiciones de quienes habitan la vivienda. Las dinámicas cambian constantemente: hay períodos en que se vive con niños, otros en que los hijos abandonan el hogar, aparecen necesidades de cuidado o se incorporan adultos mayores. Una vivienda preparada para adaptarse a esos cambios tiene mayores posibilidades de acompañar a sus habitantes durante toda la vida”, explica.
Envejecer no significa perder autonomía
La accesibilidad es una parte fundamental de esta discusión. Reducir barreras y contar con espacios que puedan ser utilizados por personas con movilidad reducida, ya sea de manera temporal o permanente, permite que una vivienda continúe respondiendo a las necesidades de quienes la habitan. Sin embargo, Alarcón advierte que pensar el envejecimiento exclusivamente desde la dependencia puede llevar a soluciones que no representan la realidad de gran parte de las personas mayores.
“La gran mayoría de las personas mayores son autovalentes y requieren condiciones habitacionales muy similares a las de cualquier otro ciudadano. El desafío no es diseñar viviendas que los aíslen o los traten como sujetos pasivos, sino espacios que les permitan seguir participando activamente de la vida social, comunitaria y urbana”, sostiene. Desde esta perspectiva, una vivienda preparada para el envejecimiento no necesariamente debe transformarse en un espacio especializado. La clave está en que pueda adaptarse frente a nuevas necesidades sin obligar a sus habitantes a abandonar su hogar cada vez que cambian sus circunstancias.
El barrio también importa
Pero la vivienda es solo una parte de la ecuación. Para Alarcón, la posibilidad de continuar viviendo en el mismo barrio y conservar los vínculos construidos durante años puede ser tan importante para la calidad de vida como las condiciones físicas de la casa. “La permanencia en un mismo barrio es uno de los factores más importantes para la calidad de vida durante la vejez. Mantener los vínculos construidos durante años, conocer el entorno y conservar las redes de apoyo constituye un factor protector que muchas veces resulta tan relevante como las propias condiciones de la vivienda”, señala. Esto supone pensar ciudades donde las necesidades cotidianas puedan resolverse cerca del hogar, con acceso a servicios básicos, equipamientos de salud, comercio de proximidad, transporte y espacios públicos de calidad.
Los espacios colectivos y de encuentro adquieren también especial importancia, ya que permiten mantener la interacción cotidiana y disminuir el riesgo de aislamiento. “Más que crear entornos especializados exclusivamente para personas mayores, deberíamos avanzar hacia barrios heterogéneos, donde convivan distintas generaciones y donde el envejecimiento sea entendido como una etapa integrada a la vida comunitaria”, plantea el académico.
Más allá de rampas y baños adaptados
¿Está incorporando esta nueva realidad demográfica la política habitacional chilena? A juicio de Alarcón, aunque existe una preocupación creciente por el envejecimiento de la población, todavía predomina una forma de abordar la vivienda centrada en resolver necesidades inmediatas. “En general, las soluciones se diseñan para resolver una necesidad habitacional inmediata, pero pocas veces incorporan una visión de largo plazo que considere las distintas etapas de la vida y los cambios que experimentan las personas y las familias”, afirma.
Las estrategias más habituales, explica, se concentran en medidas específicas de accesibilidad, como eliminar escalones, disponer de un dormitorio en el primer piso o incorporar baños adaptables. Son intervenciones necesarias, pero no suficientes para responder a una transformación demográfica de largo plazo. “El desafío es mucho más amplio: concebir viviendas y barrios capaces de acompañar el aumento de la expectativa de vida y la creciente proporción de personas mayores en nuestra sociedad. No se trata únicamente de adaptar algunos espacios, sino de incorporar el envejecimiento como una variable central en la planificación habitacional y urbana del país”, concluye. (Valeska Muñoz Velásquez, periodista).





