En el debate sobre el mercado laboral suele instalarse una idea casi automática: quien tiene más de un trabajo vive una situación precaria. El pluriempleo se presenta como sinónimo de bajos salarios, inestabilidad y ausencia de derechos, mientras el ideal continúa siendo un contrato indefinido, un solo empleador y una carrera laboral lineal, heredada de la economía industrial del siglo XX. Sin embargo, esa imagen cada vez representa menos la realidad del trabajo.
En las economías más desarrolladas es habitual que muchas personas complementen su empleo principal con actividades independientes, consultorías, trabajos en plataformas digitales o pequeños emprendimientos. No siempre lo hacen por necesidad. En muchos casos buscan diversificar ingresos, desarrollar nuevas habilidades, reducir riesgos o acceder a una mayor flexibilidad. La tecnología ha ampliado las posibilidades de generar valor más allá de la jornada tradicional.
En Chile y gran parte de Latinoamérica, en cambio, persiste la idea de que un solo jefe, un solo sueldo y un horario fijo son la única expresión de estabilidad laboral. Esa mirada desconoce que la economía digital ha transformado profundamente la forma de trabajar. Programadores, diseñadores, docentes, consultores, creadores de contenido o profesionales del marketing pueden combinar un empleo formal con proyectos propios o clientes internacionales sin que ello implique necesariamente una situación de vulnerabilidad.
Este cambio responde también a una transformación más profunda del mercado laboral. La automatización, la digitalización y la economía del conocimiento han reducido el peso de las trayectorias laborales tradicionales y han impulsado modelos más dinámicos, donde los proyectos conviven con los contratos permanentes. El verdadero problema aparece cuando el pluriempleo deja de ser una elección y se convierte en la única forma de llegar a fin de mes. Si una persona necesita acumular jornadas para financiar vivienda, alimentación o gastos básicos, el problema no es la multiplicidad de ocupaciones, sino la baja productividad, los salarios insuficientes y las dificultades para acceder a empleos de mayor valor agregado.
Por eso, el desafío no consiste en demonizar la flexibilidad laboral, sino en adaptar las instituciones a una realidad distinta. Se requieren sistemas que protejan a las personas independientemente de la modalidad de trabajo, con derechos portables, acceso permanente a capacitación, incentivos al emprendimiento y regulaciones que acompañen una economía donde la carrera en una sola empresa durante toda la vida es cada vez menos frecuente. La seguridad laboral del siglo XXI ya no depende exclusivamente de un contrato indefinido. También se construye sobre competencias actualizadas, redes profesionales, capacidad de adaptación y múltiples fuentes de ingreso. La verdadera precariedad no es trabajar en más de un proyecto, sino no contar con oportunidades para crecer, reinventarse y participar en una economía que cambia a gran velocidad.
* Felipe Oelckers, director de Ingeniería Comercial, Universidad Andrés Bello





