Cumpleaños Feliz

Érase una vez, un sujeto grabó en mí, la frase que atrae la ruina y el pesar… recuerdo que dijo: «los declaro marío y mujer».

Largo tiempo después de ese evento -celebrando mi cumpleaños en un día como hoy- me encontraba donde Cantalicio, en el segundo piso de ese cuchitril -para pasajeros- en plena faena de reacondicionar los pétalos de la flor de una dama, quien debía ser de convicciones muy firmes respecto del asunto a tratar, porque en el inmueble la intimidad era sólo una palabra. El ruido que hacían la bacinica, el lavatorio, y un jarro de fierro enlozado para el agua -al ser usados- avisaban que, en breve, una nueva pareja se uniría al chillido de los oxidados resortes de los somieres, que soportaban unos colchones de colores debilitados por el tiempo… y el roce. Desde la calle, el bochinche que descendía desde donde Cantalicio, daba la impresión que -a todas horas- se estaban afinando los instrumentos de una orquesta sinfónica.

Estábamos concentrados en lo nuestro, cuando sonaron unos golpes en el cholguán que separaba las piezas, y una voz angustiante me sacó de mi búsqueda del Nirvana:
¡Salió pillao compaire! Me puse en pie… deslicé la sebosa cortina de tela que hacía las veces de puerta del aposento… y por una discreta celosía puede ver como se acercaba.
Se movía pesadamente por el empedrado de la estrecha callejuela. Según Newton, nada que tenga masa puede viajar más rápido que la luz, y la doña había acumulado masa… harta masa. Caminaba agitando convulsivamente sus brazos hacia lo alto, y cada uno de sus pasos era acompañado de estentóreos sonidos guturales del que chorreaban algunos conceptos relativos a mi fidelidad conyugal.

Me reinstalé las pilchas de vestir del mejor modo que me permitió la urgencia del momento, y salí a la calle. No para enfrentarla, sino para entregar mi cuerpo a su ira, e impedir que ingresara al establecimiento y provocara una estampida de parejas, que dejaría a la vista de los transeúntes -que ya se estaban reuniendo en gran cantidad-  muchas situaciones matrimoniales que se repujaban en ese antro amatorio.  Ya en la callejuela, entre sus alaridos, pude distinguir que me exigía la nulidad matrimonial, gritándome a toda calle -y circunstanciadamente- cada uno de sus reproches a mis traiciones, conductas que -seguramente- le habían sido develadas por esa gente envidiosa que, si te ve feliz con alguna nueva novia, va a contárselo a tu esposa.

La percanta -con la que había sido sorprendido- se había hecho humo, invisibilizada por la solidaridad de las demás mujeres presentes en ese piojoso altar a Afrodita.

«Mi amor…. no te fui infiel… sólo trataba de encontrarte en otro cuerpo» le dije, tratando de aplacarla en los escasos instantes en que se detenía en busca de aire para continuar con sus epítetos. Pero nones. Cualquier defensa era tratar de apagar el fuego con bencina. «M’ijita… ya p’oh… fue un error nomás. No se pierda a este buen hombre por un error». Era como un terremoto a la chilena, a cada movimiento le seguía otro más intenso. Yo caminaba retrocediendo, porque las uñas de esa ninfa sobredimensionada cortaban el aire como latigazos a centímetros de mi cara.

Agotada la erupción de insultos, las piernas se le doblaron y se desplomó exhausta sobre la calle. Traté de levantarla con delicadeza y una vieja gritó; ¡le’stá pegaando!
Varias vecinas, quienes habían estado contemplando el espectáculo desde detrás de ventanas celosamente encortinadas, acudieron en su ayuda aumentando el tumulto… me la quitaron de los brazos… ¡y al suelo de nuevo!

Una de ellas surgió rauda llevando una taza con agua y azúcar, antigua receta que les suministran a las colegas desmayadas… aunque sean diabéticas. Al pasar a mi lado me reprochó con voz inesperadamente sensual; «qu’es malo usté vecino» y, no sé si seré yo, pero creí advertir en sus ojos un chispazo de sutil invitación… o envidiosa lujuria.
El tránsito de vehículos se había detenido armando un taco de aquellos.  A lo lejos se escuchaba el ulular de la sirena de un coche policial.

Aquella portadora de una flor sin pétalos yacía en medio de la calle. ¡Le pegó… le pegó! gritaba otra vieja. Me arrodillé a su lado, y otra iñora gritó; ¡la v’a estrangularla! No hice caso al escándalo, y le susurré al oído; «Ya p’oh mi amor… si usté sabe que es dueña de mi corazón… pero la tripita sigue siendo mía p’oh». Mal momento para los chistes. Se levantó… no… no se levantó… ¡brotó desde el pavimento! y barbotó una caterva de aullidos más propios de un perro atropellado, que de la gentil damisela que me había llevado al altar. Y cuando el cielo se me oscurecía, sentí unos brazos fuertes que me extrajeron desde ese círculo infernal de reproches y propuestas de condenas.

Mientras me conducían al carro policial, uno de los carabineros dijo, autoritario; «te vai p’aentro… por vif». Presto y servicial, pensando que el uniformado se refería a lo infame de mi conducta marital, le corregí; «se dice vil, mi cabo». «Por vif… Violencia Intra Familiar… jetón», me aclaró el funcionario.

Con la jueza me fue peor. De un solo vistazo -cuasi profesional- pude advertir en su cabello y la piel de su rostro los efectos de la aridez que ocasiona la sequía o la falta de riego. Tenía unos pelos tupidos que le unían las dos cejas y la hacían ver intimidante, o simplemente fea con “r”, o sea… re fea. A mayor infortunio, me tocó la primera de sus audiencias del día. Leyó el parte policial y luego me observó -torvamente- por unos instantes. Tuve la certeza que se iba a encarnizar conmigo… y así nomás fue.  Casi a gritos me exigió, y me recontra exigió que declarara… de manera que le largué la firme; «lo que pasó su señoría, es que resulta que después de varios meses de ná ni ná, el cuerpo no me aguantó más… tuve una reacción masculina… y no la iba a desperdiciar con mi señora, p’oh» Me tiró sesenta y un días.

Este cuento debería terminar con el consabido “y colorín colorado este cuento se ha acabado” pero no va a ser posible, porque unos días después de la sentencia, mi acongojada consorte quiso resarcirme -con sus ternuras- de las penurias del presidio, y vino a la chirona a inscribirse p’a la conyugal, pero el gendarme bocón le dijo que, en el cupo… estaba anotá otra iñora. Y así fue que, por celebrar mi cumpleaños en un día como hoy, terminé refugiado en la cana… por vif.

*  Jorge Retamal Villegas – De mi libro Cuentos de Cantina (Tomo II)

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