Una devastadora explosión, con la sombra de un origen químico planeando sobre ella, sembró muerte y caos el sábado en Bandar Abbas, el principal puerto de Irán. La onda expansiva y el fuego voraz se cobraron la vida de al menos 28 personas y dejaron un reguero de dolor con cerca de mil heridos.
El epicentro de la tragedia se localizó en el muelle del puerto de Shahid Rajaee, al suroeste de la ciudad, en la estratégica provincia de Hormozgan, puerta de entrada al Estrecho de Ormuz, vital arteria por donde fluye una quinta parte del petróleo mundial.
Mientras el humo tóxico aún se alzaba sobre el puerto en la mañana del domingo, revelando la magnitud de la catástrofe, las cifras oficiales confirmaban un panorama sombrío: 190 personas hospitalizadas, 20 de ellas luchando por sus vidas en unidades de cuidados intensivos, según el jefe de la Media Luna Roja iraní, Mohammad Javad Kulivand.
La coincidencia temporal con la tercera ronda de negociaciones nucleares entre Irán y Estados Unidos en Omán añadió una capa de tensión geopolítica al suceso.
En medio de las especulaciones sobre las causas, un portavoz del Ministerio de Defensa iraní se apresuró a desmentir las informaciones que vinculaban la explosión con una mala manipulación de combustible sólido para misiles.
Sin embargo, la empresa de seguridad privada Ambrey aportó una perspectiva inquietante, revelando que el puerto había recibido en marzo un cargamento de combustible químico para misiles, parte de un envío de perclorato de amonio procedente de China y con destino final en Irán. Este químico, crucial en la fabricación de propulsores sólidos para cohetes, supuestamente iba a reponer las menguantes reservas de misiles iraníes tras sus recientes ataques a Israel en el contexto del conflicto con Hamás. «Al parecer, el incendio se produjo como consecuencia de una manipulación incorrecta de un cargamento de combustible sólido destinado a ser utilizado en misiles balísticos iraníes», sentenció Ambrey.
Ante la gravedad de la situación, el presidente iraní, Masud Pezeshkian, se trasladó urgentemente a Bandar Abbas para supervisar de cerca las operaciones en el puerto de Shahid Rajai, un enclave estratégico que maneja más de la mitad de las exportaciones e importaciones del país y un porcentaje aún mayor de su tráfico portuario y de contenedores. El mandatario expresó su «profundo pesar y solidaridad» y ordenó una investigación exhaustiva de las causas del incidente.
La portavoz del Gobierno iraní, Fatemeh Mohajerani, intentó transmitir un mensaje de control, asegurando que las llamas estaban contenidas en un 80%. No obstante, informes posteriores de medios locales indicaban que el viento persistente dificultaba la extinción total del fuego y que se habían registrado nuevas y pequeñas explosiones en el maltrecho puerto.
Las pesquisas sobre el origen de la catástrofe se centran en la posible manipulación indebida de «mercancías peligrosas y materiales químicos almacenados en la zona portuaria», según la Administración de Aduanas de Irán, sin ofrecer detalles específicos. Los datos de seguimiento de buques respaldan la versión de Ambrey, situando a uno de los barcos sospechosos de transportar el perclorato de amonio en las inmediaciones del puerto en marzo. El silencio de la misión iraní ante las Naciones Unidas ante las solicitudes de comentarios alimenta aún más las interrogantes.
La memoria de la devastadora explosión en el puerto de Beirut en 2020, causada por la ignición de toneladas de nitrato de amonio, resurge inevitablemente, generando interrogantes sobre por qué Irán no habría tomado precauciones similares. A este precedente se suma el historial de ataques israelíes contra instalaciones de misiles iraníes.
Las impactantes imágenes de la explosión en Shahid Rajaei muestran una columna de humo rojizo, un indicio de la posible implicación de compuestos químicos, al igual que en la tragedia libanesa.
Las consecuencias inmediatas de la explosión fueron múltiples focos de incendio y una alerta por contaminación del aire con sustancias tóxicas como amoníaco, dióxido de azufre y dióxido de nitrógeno, lo que obligó al cierre de escuelas y oficinas en Bandar Abbas.
La comunidad internacional no tardó en ofrecer su apoyo. El presidente ruso, Vladimir Putin, expresó sus condolencias y ofreció la ayuda de Rusia para superar las consecuencias del desastre, enviando tres aviones equipados para la extinción de incendios a la zona afectada.
SOJ





