Villa Baviera Alza la Voz: Descendientes de Colonos Denuncian Violaciones a sus Propios Derechos Humanos y Rechazan Expropiación

En un giro que complejiza aún más el debate en torno a Villa Baviera, cuatro representantes de la segunda generación de colonos alemanes rompieron el silencio para presentar sus propios testimonios de violación de derechos humanos ante el Ministerio de Justicia. Este inédito encuentro con Sebastián Cabezas, jefe de la División de Protección de Derechos Humanos, marca un punto de inflexión al visibilizar el sufrimiento de quienes crecieron en el enclave fundado por Paul Schäfer, un lugar tristemente célebre por los abusos cometidos y las violaciones ocurridas también durante el régimen militar.

Erika Tymm, Hans Schreiber, Dorothee Munch y Markus Blanck, todos ellos descendientes de los primeros colonos, tuvieron la oportunidad de narrar en primera persona las dolorosas historias de vida y los abusos que marcaron su infancia y adolescencia en la ex Colonia Dignidad. Esta reunión se produce en un momento delicado, con el Gobierno chileno impulsando un plan para expropiar 116 hectáreas de terreno con el objetivo de establecer un sitio de memoria histórica, abarcando seis puntos dentro de la actual Villa Baviera.

Dorothee Munch (47), auditora interna del grupo de empresas de Villa Baviera, y Markus Blanck (51), gerente de las empresas agrícola y avícola y presidente de Cinoglosa, una de las tres sociedades matrices que gestionan los negocios de la comunidad, compartieron experiencias y su firme oposición a una expropiación que consideran injusta y que amenaza su presente y futuro.

«Uno ha perdido su infancia, su adolescencia, ni hablar de los castigos, abusos, trabajo forzado. Y ahora que logró levantarse del pasado, formar una familia y tener libertad, encontrarse con esta amenaza a la vida y al sustento económico, es muy duro. ¡Y del mismo Estado que tiene que responder por nuestra vida perdida! Es incomprensible. Nosotros, mi generación, sentimos que no tenemos nada que ver con el pasado. Aun así, solidarizamos y apoyamos un cierto sitio de memoria dentro de la Villa. Eso ningún problema. Pero esta medida la encontramos bastante fuera de cualquier razonamiento y humanidad», expresó con profunda frustración Markus Blanck.

Dorothee Munch añadió: «Nosotros siempre hemos callado, ese fue nuestro pecado, tal vez porque estuvimos preocupados de sobrevivir».

Voces de una Infancia Marcada por el Terror y el Abuso

Markus Blanck, nacido en 1974, relató los horrores de su infancia: «Tengo malos recuerdos de mi infancia por la crueldad del trato, que empezó desde chico, de la tía a cargo de nosotros. Los golpes empezaron desde chico y a piel desnuda, con un escobillón. Como yo era muy malo para comer, estaba flaco a los huesos. Era una vida cruel y oscura, no tenía vida como niño. Sufrí daño físico, sicológico. Nunca en mi vida visité un colegio. Solo algunos tíos que sabían un poco de español, nos hicieron enseñanzas informales, dos o tres meses en el tiempo de lluvia. Pero antes y después nos sacaban a trabajar de sol a sol. Había que recoger piedras, construir caminos, tapar hoyos, construir cercos, edificios, y a todo sol y sin ninguna remuneración. Yo conocí la plata cuando tenía 20 años. Antes no sabía qué era un billete».

Dorothee Munch compartió recuerdos igualmente dolorosos: «Recuerdo muy poco de mi infancia, pero sí los duros golpes que recibí, cuando uno hacía alguna cosa mal o a escondidas, te golpeaban en el cuerpo desnudo con una manguera hasta que no gritabas más. Era una tortura».

Sobre la figura de Paul Schäfer, Blanck fue categórico: «Tengo recuerdos muy atroces y oscuros de él. No quiero entrar en detalles, pero sufrí prácticamente todo lo que se le imputa a Paul Schäfer. Viví una niñez y una adolescencia lleno de terror y castigos. Te exigía que hablaras algo que supuestamente habías cometido, un pecado con otros niños de orden sexual —lo que no era verdad—, pero te obligaba a confesarlo. Y si tú no lo confesabas, te castigaba. Mandaba a unos jóvenes mayores y te pegaban muy brutalmente. Una vez también en persona me golpeó, me pateó. Un joven mayor me llevó al hospital, y ahí recibí electroshock. Días después desperté en otra casa, no sabía dónde estaba. Las obras que hizo, por decirlo así, valiosas para la comunidad de afuera —por ejemplo, el ex hospital en beneficio de la gente pobre que estaba viviendo en los alrededores—, para él fue un escudo, para tapar sus crímenes y sus abusos, todo lo que hizo con nosotros».

Munch rememoró un episodio trágico: la muerte de su hermano de ocho años en circunstancias confusas durante una cacería de perdices en la que participaba Manuel Contreras. El miedo imperante en la colonia en ese entonces impidió que Munch se atreviera a preguntar sobre lo sucedido hasta mucho tiempo después.

Ambos relataron cómo, tras la huida de Schäfer, pudieron acceder a la educación y formarse profesionalmente, marcando un punto de inflexión en sus vidas. Blanck estudió agronomía y Munch auditoría contable, lo que les permitió contribuir a la reconstrucción de Villa Baviera.

Blanck también compartió la historia de conocer a su padre recién a los 14 años, durante una visita de un ministro a la colonia. Junto a sus padres, descubrió que tenía dos hermanas que posteriormente emigrarían a Alemania. Él decidió quedarse para estudiar y trabajar en la agricultura, enfrentando una Villa Baviera en ruinas y con severas restricciones económicas impuestas por el Estado. Gracias a sus gestiones, lograron negociar con el fisco y reactivar la economía local.

Munch describió la dificultad de establecer vínculos familiares normales tras años de aislamiento emocional. Ambos coinciden en el profundo impacto que el anuncio de la expropiación ha tenido en la comunidad, especialmente en la generación que llegó a Villa Baviera siendo niños, muchos de los cuales no lograron completar sus estudios, hablan poco español y no formaron familias, lo que los hace particularmente vulnerables a un desplazamiento forzado.

«Sentimos que el Gobierno nos ve como los autores de todo lo que pasó»

Ante la pregunta de si creen que la orientación política del gobierno influye en su percepción como víctimas, Markus Blanck respondió con franqueza: «Sí, justamente eso sentimos nosotros de parte del Gobierno y también de la opinión pública en general. Como que nosotros fuéramos los autores de todo lo que pasó en el pasado. La opinión pública no sabe que nosotros somos en primer lugar víctimas, en vez de victimarios. El gobierno siente un tema de venganza o de castigar a la villa donde ocurrieron temas de lesa humanidad. Pero la bala está apuntando a gente equivocada. Nosotros sufrimos bajo este sistema que en su momento el Estado permitió que existiera. Había obligación de ir al colegio. ¿Por qué el Estado no dijo nada? El Estado fue cómplice y tiene responsabilidad de lo que nosotros sufrimos. Hoy sentimos que el gobierno nos está metiendo en este saco de victimarios, de autores de esos crímenes del pasado, y es totalmente falso».

Dorothee Munch añadió: «Ellos justifican ese actuar y dicen que, según las normas internacionales de derechos humanos, tienen que hacer memoria en sitios, pero no visualizan que están generando daño a víctimas de un sistema perverso, revictimizando nuevamente. Los delitos de lesa humanidad en la dictadura fueron hechos por el Estado. Y ahora está perjudicando a víctimas. Nosotros siempre hemos callado, ese fue nuestro pecado, tal vez porque estuvimos preocupados de sobrevivir».

Ambos niegan categóricamente que Villa Baviera sea actualmente una secta y aseguran estar plenamente insertos en la sociedad chilena, llevando vidas normales y contribuyendo a la economía local a través del turismo y otras actividades productivas.

Ante los posibles daños de la expropiación, Blanck explicó que en Villa Baviera viven actualmente 120 habitantes, incluyendo niños, ancianos y personas de su edad. Las empresas locales subsidian la vida de los ancianos, quienes prácticamente no pagan por su estadía ni por los servicios básicos. Los negocios de la comunidad –carnicería, panadería, avicultura, agricultura forestal y turismo– son su principal sustento.

Si bien están comenzando a evaluar el valor de sus propiedades en caso de expropiación, su principal objetivo es llegar a un acuerdo con el gobierno que no perjudique a la comunidad. Estarían dispuestos a ceder ciertos terrenos con valor histórico, siempre y cuando no impliquen el desplazamiento de familias.

En cuanto a sus próximos pasos, su prioridad es el diálogo con el gobierno para evitar la expropiación en los términos planteados. No descartan recurrir a instancias internacionales, incluyendo al Estado alemán, si no se logra un acuerdo justo. Un hito importante en este sentido fue la reciente visita del presidente alemán Frank-Walter Steinmeier, quien se mostró sorprendido por la inclusión de viviendas y negocios en el plan de expropiación.

Finalmente, ante las críticas sobre el manejo de los negocios en el pasado, Blanck aclaró que cuando su generación tomó las riendas, Villa Baviera estaba en ruinas y con graves problemas económicos. A pesar de las dificultades, lograron sanear la economía local y generar oportunidades de desarrollo. También desmintió las acusaciones de que los colonos nunca recibieron beneficios, señalando que el año pasado se repartieron alrededor de 300 millones de pesos entre los accionistas, que son la mayoría de los colonos.

La presentación de estos testimonios ante el Ministerio de Justicia abre un nuevo capítulo en la compleja historia de Villa Baviera, colocando en el centro del debate el sufrimiento de una generación que también fue víctima del régimen imperante en el enclave alemán y que hoy lucha por su presente y futuro en suelo chileno.

SOJ

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