Las visitas que llegaron el “18” me dejaron la casa impregnada -olor a borrachería clandestina- con el hedor que expedía un líquido al que los santiaguinos aspiracionales llaman vino, y que mezclan con helado de piña y granadina los que -como denominador común- jamás tuvieron entre sus ancestros, uva, piña o granadas. Ellos llaman “terremoto” a esa repugnante y vomitiva agregación de dulzores químicos.
La primera noticia que tuve de un trago con ese nombre, acaeció en Talcahuano, hace una ruma de años: Cuando el día se había despedido escaso en recaudaciones provenientes del “tironeo de mangas” -o mendicidad como le llaman los siúticos- Mario “El Telúrico” entraba a “El Cuartito Azul”, un antro que estaba ubicado “detrás de la línea” en el puerto chorero, para hacer uso de la “Caña’s Card”, que era una forma afectada de pedir el copete de urgencia al fiado, por falta temporal de liquidez financiera.
(El Mario era un sujeto educado y quitado de bullas. Apenas llegado a la puerta del tugurio, vociferaba su nombre y entrechocaba los tacos de sus calamorros llevando la mano derecha a una invisible visera. Así era como a él le gustaba saludar a los parroquianos, cuando entraba al boliche. Se atribuía tal forma de saludo, al hecho de haber fungido como carabinero en sus tiempos mozos, y que su adicción a los terremotos lo había sacado de las filas.)
Para no presionar su línea crediticia, pedía sólo dos modestas “pitucas”. Sacaba de su bolso “pilchero” un jarrito de lata, de boca estrecha, que lucía un mango de alambres trenzados que la ociosidad había conseguido aherrojar más fuerte que un abrazo de curado. Vaciaba el vino de las dos pitucas en tal envase, y sacaba del insondable bolso un cabito de vela al que prendía fuego. Con infinita paciencia- ponía a calentar el vino hasta que éste empezaba a ebullir. Primero salía un vapor blanco que indicaba que el regente de la pocilga había enriquecido el vino con agua, o sea que lo había bendecido… bautizao… o “navegao”… porque -para que usted sepa- lo que la gente conoce como navegado, en verdad se llama “arreglao con naranjas”. Luego, sobre la boca del jarro empezaba a flotar una nubecilla azul correspondiente a la evaporación de los catorce grados de alcohol que contenían esos mostos. En ese momento, el Mario le arrimaba un fósforo encendido y -de inmediato- ahogaba la llamarada que se producía cubriendo el cacharro con su mano. En seguida, entreabría cautelosamente un par de dedos y, por ese orificio, apoyaba su nariz aspirando largamente los gases. Una vez agotada la “juerza” de ese vaporizador, ingería el líquido.
Estimado lector: hágase mentalmente la imagen de las alocadas piruetas que hace un globo de fiesta infantil al desatarse el nudo que mantiene el aire en el interior, para representarse visualmente el efecto telúrico-corporal que le provocaba esa ingesta, caracterizada por la súbita aparición de tics faciales, mugidos, arañazos al aire, e intimidantes cambios de expresión. Segundos después ya estaba “nirvanizado”.
Al rato, cuando los efectos cuasi epilépticos del primer “chancacazo” etílico se le estaban pasando, hacía otro trago… con la misma fórmula… pero sólo con una pituca. A este le llamaba “réplica”.
Ese -estimado lector- es el verdadero y legítimo “terremoto” que, seguido de dos o tres réplicas, resulta suficiente para dejar al adicto en estado de santidad… sin tufo… y a bajísimo costo. (En cambio el santiaguino ¡p’tas la hediondez! Como que el Año Nuevo caiga mediada la semana… voy a tener que pintar nomás)
* Jorge Retamal Villegas





