¡Puchas que me duele la pierna! Me acompaña en el dolor, el terco recuerdo de cómo jué, que fue. Todo ocurrió cuando hace ya mucho tiempo, en una tarde de agosto y después de un regado almuerzo, salimos a pasear por Concepción mi bastón y yo… esquivando los ciruelos en flor de calle Caupolicán. Caminamos -tembleques- lentamente, hasta tropezar con la melodía congelada de los asoleados indigentes que decoran las puertas de entrada a la Catedral. Al frente, la Plaza Independencia y su absurdo resumen historiográfico… Valdivia con una espada y Lautaro con un palo. A un costado, el Centro Español… y más allá, la esquina de los que esperan. Enfrente, la cafetería Carrasco, en ese entonces repleta de viejos fumadores de ambos sexos.
Desde ese cafetín la vi. P’a agarrar valor, saqué la petaca de guardia y, destapándola, le di unos besitos que impregnaron mis labios con la emanación aromática del enguindado… luego, crucé sin ninguna precaución -por en medio del intenso tráfico- hacia la Plaza de Armas. Trotaba torpemente para poder acercarme a ella. Pensaba que -al alcanzarla- le diría al oído, “no sigas buscándome, ya no quiero que me encuentres”, pero me pareció que sería una fanfarronada. Me distraje buscando otra frase, más galante… en fin… tanto dudé, que un automóvil me embistió en plena mitad de calle O’Higgins -peligrosa es la belleza- por detenerme a contemplar… las piernas de la alcaldesa.
(En ese tiempo ya me encontraba “cazado” y, “la rotunda” de entonces, después de haberse constituido en el sitio del suceso, se negó a creer mi poco ingeniosa versión del chancacazo. ¡Fue por alguna mina, sentenció… a mí no me hacís tonta! La cónyuge, como chaleca nueva de lana chilota… picaba y picaba: ¡Miiiren que vio la luz en medio de la calle O’Higgins… el perla! refunfuñaba incrédula. Con mi poca experiencia en subterfugios, no advertía que me encontraba en un hoyo… y seguía cavando. En fin. ¡Nunca confíes cuando te han perdonado! me aconsejó mi viejo… pero esa es otra historia… ¡no nos apartemos de la causa del dolor de la pata!).
Estimado lector; la teoría hedonista sugiere que no hay que evitar el dolor, sino las cosas que producen dolor. Si a usted le parece que el par de piernas que sostiene el resto de una esbelta figura femenina, no es causa suficiente para ponerle el pellejo a los autos ¡Allá usted! que tiene la suerte de gozar de una admirable fidelidad matrimonial.
Lo cierto es que -como recuerdo de ese zonzo incidente- me quedó una fractura en la pierna, cuya soldadura opera como un barómetro que me avisa -con intenso dolor y sin que lo pueda evitar- cada vez que va a cambiar el clima. Así es que no se burle por recordar mi pasado infortunio… y salga con paraguas… mañana se va a rajar lloviendo.
* Jorge Retamal Villegas





