* Comienza la temporada de altas temperaturas y la prevención de incendios vuelve a cobrar relevancia. Sin embargo, sus efectos no terminan cuando se extingue el fuego: la combustión libera contaminantes que pueden afectar la calidad del aire, la salud de las personas y contribuir al calentamiento global.
Con la llegada de los meses de mayores temperaturas, la prevención de incendios forestales se instala nuevamente entre las principales preocupaciones ambientales. Aunque evitar la propagación del fuego es prioritario, sus consecuencias van más allá de la pérdida de vegetación y los daños a los ecosistemas, ya que el humo generado durante estos eventos contiene una mezcla de gases y partículas que pueden desplazarse a grandes distancias y deteriorar la calidad del aire, incluso en zonas alejadas del lugar donde se originó el incendio.
Entre estos contaminantes se encuentra el Carbono Negro o “Black Carbon”, un material particulado que se produce principalmente por la combustión incompleta de biomasa y combustibles fósiles. Los incendios forestales constituyen una de sus principales fuentes de emisión, junto con el transporte diésel, ciertas actividades industriales y la quema residencial de combustibles y residuos.
“Cuando ocurre un incendio forestal, la combustión libera partículas que pueden permanecer en la atmósfera y ser transportadas por el viento, afectando a comunidades que incluso se encuentran a kilómetros del foco. Por eso, junto con prevenir estos eventos, es importante entender qué contaminantes se generan y cómo podemos medirlos”, explica Carlos Saul, gerente general de AyT.
Un contaminante que afecta la salud y el clima
El carbono negro es un componente del material particulado fino (PM2.5), cuyas partículas pueden penetrar profundamente en los pulmones. La exposición al humo de los incendios puede provocar irritación de las vías respiratorias, agravar enfermedades como el asma y aumentar los riesgos para personas con afecciones respiratorias o cardiovasculares; los niños, los adultos mayores y quienes tienen enfermedades crónicas se encuentran entre los grupos especialmente vulnerables.
El impacto de este contaminante tampoco termina en la dimensión sanitaria; debido a su capacidad para absorber la radiación solar, el Carbono Negro contribuye al calentamiento de la atmósfera. Además, cuando se deposita sobre superficies como la nieve y el hielo, reduce su capacidad de reflejar la luz solar y favorece su calentamiento y derretimiento; por estas características, es considerado uno de los contaminantes climáticos de vida corta relevantes para la mitigación del cambio climático. A diferencia de otros contaminantes atmosféricos, el Carbono Negro no cuenta con una regulación específica en Chile que establezca límites de emisión o estándares de calidad del aire propios para este compuesto.
Aunque existen instrumentos de gestión y normas generales, su identificación y seguimiento específico siguen siendo un desafío, especialmente en sectores expuestos a fuentes relevantes de combustión. Desde AyT plantean la necesidad de avanzar en mecanismos de medición que permitan conocer con mayor precisión la presencia de este contaminante. “Medir lo que estamos emitiendo es un paso fundamental para dimensionar el problema y tomar mejores decisiones.
Si queremos avanzar en la protección de la salud y en el control de los contaminantes atmosféricos, necesitamos fortalecer las capacidades de monitoreo e incorporar el carbono negro en la discusión sobre calidad del aire, particularmente en las zonas más expuestas”, sostiene el experto. El llamado es a reforzar las medidas de prevención y comprender mejor los contaminantes que estos eventos liberan. Porque, aunque las llamas se extingan, sus efectos sobre el aire que respiramos pueden continuar mucho después. (Gabriela Lazo, Comunicaciones).





