El primer caso humano documentado de infección por el virus Shamonda (SHAV), asociado principalmente al ganado, plantea nuevas preguntas sobre las enfermedades emergentes y la vigilancia de patógenos en la interfaz entre animales, seres humanos y ambiente.
Este virus fue detectado inicialmente en Nigeria durante la década de 1960. Posteriormente, se identificó de forma esporádica en animales de África y Japón. En 2026, su detección en explotaciones ganaderas europeas amplió el interés por su distribución y sus posibles consecuencias sanitarias. En bovinos, la infección se ha asociado con fiebre, diarrea, decaimiento y disminución de la producción de leche. También se han investigado detecciones en otras especies animales.
Su transmisión entre animales ocurre principalmente mediante la picadura de pequeños insectos hematófagos (que se alimentan de sangre), conocidos como jejenes. En el caso humano detectado en Francia, una picadura de estos insectos es una de las hipótesis investigadas, aunque la vía directa de infección, aún se encuentra en estudio.
¿Estamos ante una nueva amenaza para la salud humana? La respuesta requiere cautela. Se trata de un hallazgo relevante porque constituye la primera infección humana documentada, pero un caso aislado no demuestra que el virus se transmita habitualmente a las personas ni que tenga capacidad de propagación sostenida entre seres humanos. Además, la persona afectada presentaba una condición de salud que aumentaba su vulnerabilidad. Según el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades (ECDC), con la información disponible no se ha identificado un riesgo para la población general.
Pero sí sabemos que, este episodio demuestra la importancia de mantener una vigilancia integrada bajo el enfoque One Health (Una Salud), que reconoce la interdependencia entre la salud humana, animal y ambiental. La vigilancia veterinaria permite detectar patógenos emergentes en animales; la entomología contribuye a identificar los vectores involucrados, y la investigación clínica y genómica ayuda a comprender si un microorganismo puede infectar nuevos hospedadores y qué consecuencias puede tener.
También subraya la necesidad de comunicar estos eventos con rigor: detectar un virus en una persona no equivale a demostrar que fue la causa de su muerte, y reconocer una posible infección zoonótica no significa que exista una amenaza generalizada.
El caso Shamonda nos recuerda que las enfermedades emergentes pueden desafiar los conocimientos previos y que la respuesta más eficaz requiere colaboración entre medicina humana, medicina veterinaria, epidemiología y ciencias ambientales. La prioridad actual es esclarecer el caso, caracterizar el riesgo real y fortalecer la vigilancia, sin generar alarma injustificada.
* Dra. Pamela Thomson, microbióloga del Instituto One Health, U. Andrés Bello





