Por si no lo había contado, mi profesión no es la de escritor… a duras penas… «escribidor», y solo como afición. Soy Asistente Social, de los antiguos. De esos que a poco andar de los años tenían muchos sueños, pero que ahora sólo tienen sueño… y muchos años.
En una oportunidad -muy temprano- venía viajando con una colega, cuando en un semáforo divisamos a un indigente pidiendo unas monedas a los escasos automovilistas que circulaban a esa hora. Le dije a mi acompañante; «ese es un oblitoma.» Desde un punto de vista profesional, le aseguré que podía sacarlo de su condición en dos minutos. Se burló de mí con el consabido; «¡éeeel p’oh… éeeel!»
Llegué al semáforo, bajé la ventanilla del auto, y con respeto me dirigí al mendicante pasándole discretamente doblado, un billete de dos lucas; «¡Tenga mi hermano… yo también se lo que es despertar con sed… y sin ni uno!»
Cuando la señal de tránsito encendió la luz verde, reemprendimos la marcha, y por el espejo retrovisor, pudimos observar que el sujeto había desaparecido.
Eso no fue una limosna. Fue un simple ejercicio -en el antiguo Servicio Social- para tratar de establecer un equilibrio entre lo necesario y lo suficiente… en que lo necesario resulta de no tener que vivir merced a limosnas o subsidios y, lo suficiente, en impedir que la mayor capacidad de gasto se pierda en el lujo de lo innecesario.
Esto es tan difícil como encontrarle dientes a una gallina, pero conduce a otra vía; que no es prudente tironear bruscamente la capacidad de gasto de la población. En una sociedad de consumo, el bienestar no se mide por el costo de los productos sino por la capacidad de gasto de las personas. Así es como los unos -satisfechos en lo necesario- subieron el costo del transporte en 30 pesos y desataron un bochinche de aquellos, los otros -también satisfechos en lo necesario – prefirieron arruinar la capacidad de gasto de los «oblitomas,» mediante el efecto holístico del sobreprecio de los combustibles.
Sabemos que los precios de los bienes no siempre crecen por más trabajo o por mayor costo de los insumos, sino también por una política de impuestos, y regulaciones -en este caso- del precio de los combustibles. La interrogante no resuelta sigue siendo; ¿por qué? y ¿para qué?
Se atribuye a don Humberto Maturana (1928-2021) haber dicho que: «El sufrimiento del hombre no se debe a la falta de certidumbres, sino a la de confianza. Hemos perdido la confianza en el mundo, y como perdimos la confianza queremos control, y como queremos control queremos certidumbres, y como queremos certidumbres no reflexionamos.» Y en esta etapa parece que nos tienen.
Olvidaba comentarles que un «oblitoma» es alguna cosa que -en una operación quirúrgica- se olvida en el interior de un paciente. En Economía… los olvidados en la clase media… y a mansalva… porque estas personas no tiran piedras ni queman kioscos. Analizan, examinan, buscan estrategias de sobrevivencia y, sobre todo, aguantan, soportan y sobrellevan. Los llamados a sufragar, pero solo para elegir entre lo malo y lo peor. Estos «oblitomas» son un modelo clásico de la estitiquez, en la administración familiar de lo que les están dejando como capacidad de gasto.
Ante tan tenaz y férrea resistencia para no dar del “2”, son objeto de vigilancia por aquellos que quieren el control para asegurar sus propias certidumbres, quienes se preguntan si todavía se puede rascar en donde ya no se debe sacar… «¿y para los estreñidos?… ¡capaz que aguanten cesáreas p’os hom!»
* Jorge Retamal Villegas, escritor





