La vejez, la soledad y la responsabilidad del Estado
Envejecer debería ser una etapa de la vida marcada por el respeto, la tranquilidad y la
dignidad. Sin embargo, para muchas personas mayores, la vejez se transforma en una
experiencia de soledad, abandono y desprotección.
Hay hombres y mujeres que después de haber trabajado durante toda su vida, criado
hijos, formado familias y contribuido de distintas maneras a la sociedad, llegan a la
vejez sin una red familiar que pueda acompañarlos. Algunos viven solos; otros padecen
aislamiento, pobreza o dependencia física y emocional. Hay quienes incluso terminan
sus últimos años en condiciones que difícilmente aceptaríamos para cualquier otro
grupo de nuestra sociedad.
La pregunta que debemos hacernos es incómoda, pero necesaria: ¿quién se hace
cargo de nuestros adultos mayores cuando la familia no puede o no quiere hacerlo?
La familia tiene, sin duda, una responsabilidad fundamental. Pero no podemos
pretender que toda la responsabilidad recaiga exclusivamente sobre ella. Las familias
han cambiado, existen hogares más pequeños, hijos que viven lejos, personas que
trabajan durante largas jornadas y situaciones económicas que dificultan asumir el
cuidado permanente de una persona dependiente.
Es precisamente en esos casos donde el Estado debe tener un papel activo.
El Estado no puede limitarse a entregar beneficios económicos o programas puntuales.
La protección de las personas mayores requiere una política integral que considere
vivienda, salud, alimentación, compañía, salud mental, cuidados y, especialmente,
dignidad.
Una sociedad se mide también por la manera en que trata a quienes han llegado al final
de su vida laboral y necesitan apoyo.
El abandono de una persona mayor no siempre es visible. A veces ocurre dentro de una
casa, detrás de una puerta cerrada. Una persona puede tener un techo y, sin embargo,
estar completamente sola. Puede recibir una pensión y seguir viviendo en condiciones
de extrema vulnerabilidad. Puede tener hijos y sentirse abandonada.
La soledad también es una forma de pobreza.
Y existe una situación todavía más dolorosa: cuando una persona mayor pierde
progresivamente su autonomía y necesita cuidados permanentes. En esos casos,
muchas familias simplemente no cuentan con los recursos económicos, físicos o
emocionales para hacerse cargo. ¿Qué ocurre entonces?
Con frecuencia, la respuesta institucional resulta insuficiente frente a la magnitud de la
necesidad.
Chile ha avanzado en políticas destinadas a las personas mayores y cuenta con
instituciones especializadas. Sin embargo, el desafío del envejecimiento exige una
respuesta mucho más amplia y permanente. No basta con reconocer que la población
está envejeciendo: debemos prepararnos para cuidar a quienes llegarán a edades
avanzadas en condiciones de dependencia y soledad.
El envejecimiento no puede ser considerado solamente un problema social. Es una
realidad humana que tarde o temprano nos alcanzará a todos.
Por eso, necesitamos avanzar hacia un verdadero Sistema Nacional de Cuidados,
donde el Estado, las familias, las comunidades y las instituciones trabajen
coordinadamente. Necesitamos más residencias de larga estadía con estándares
adecuados, mayor apoyo a quienes cuidan a familiares dependientes, atención
domiciliaria y redes comunitarias que permitan detectar tempranamente situaciones de
abandono.
Pero, por sobre todo, necesitamos cambiar nuestra mirada.
Una persona mayor no es una carga. No es alguien que dejó de ser útil. No es una
persona que debe ser apartada porque ya no trabaja. Es un ciudadano que posee
derechos, historia, experiencia y dignidad.
Cuando una sociedad permite que uno de sus mayores muera solo, sin cuidados y sin
compañía, no solamente estamos frente a un drama individual. Estamos frente a una
falla colectiva.
El Estado tiene la obligación de garantizar condiciones mínimas de dignidad y
protección. Y la sociedad tiene el deber ético de no acostumbrarse a ver el abandono
como algo normal.
Tal vez la pregunta más importante no sea cuánto cuesta cuidar a nuestros adultos
mayores. La pregunta debería ser: ¿cuánto estamos dispuestos a hacer como sociedad
para que ninguna persona tenga que enfrentar su vejez en abandono?
Porque la manera en que tratamos hoy a nuestros adultos mayores también define la
sociedad en la que nosotros mismos queremos envejecer mañana.
Guiselda Allid Lagos
Trabajadora social - Miembro Ríes Gaudium





