Un «18» en casita

Me encontraba sacándole lustre a mis zapatos, a fin de completar el atuendo con el cual salir a celebrar el «18» con unos amigos, y unas «inmundas» recién llegadas.

Momentos previos, y como corresponde a un buen cristiano, había dedicado unos minutos a leer la Biblia. El inconveniente es que la abrí en una parte que decía que, antiguamente, los hombres podían vivir hasta 900 años, y tener varias esposas que, si se gastaban, podían suplir con las siervas que quisieran. Abandoné la lectura, porque a estas alturas ya no estoy para historias felices. Si este Ministro de Hacienda sigue con sus políticas, no me va a alcanzar para mantener a las ex, y menos a la actual. Mi futura condición de calle está siendo una amenaza latente.

Estaba pensando en eso, cuando mi actual esposa se materializó en la habitación. «¿Qué te parece?» me dijo, exhibiendo un ramo de flores; «voy a aprovechar de pasar al cementerio a dejarlas en la tumba de doña Honoria… pobre mujer… nadie la visita» concluyó. Mi corazón dejó de latir por varios segundos. Cuentan que los antecedentes de la finada Honoria dejaban harto que decir, y que algunas mujeres, caídas a la magia negra, la invocaban cuando algo andaba mal en casa. Había cazado a don Mario Catástrofe quien, después de ese matrimonio, andaba más encorvado que jorobado haciendo del «2», y siempre con carita de tratar de caerle bien al verdugo.

En una oportunidad, decían que el diablo vino a llevársela, y la iñora le quebró la cola y un cacho. Brava. Dicen que le gritaba, mientras lo repujaba a escobazos; «soy una mujer desgraciao… no te necesito a vos p’a que me dís consejos p’a ser mala… chetumaire». Comentan que el malulo retrocedió asombrado, llevando en su mano la maltrecha cola. Luego arrancó, cuando la vieja le dio la espalda y, apoyando sus manos en las rodillas, lo amenazó con largarle unos «guenos vientos».

Nadie sabe a ciencia cierta cómo y cuándo murió don Mario. Lo que se supone es que está en el cielo, porque don Sata -ni en broma- se atrevió a venir a quitárselo a la viuda. Pero dicen (¡buuta la gente copuchenta!) que, en una ocasión, después de haberlo obligado a cumplir con sus deberes conyugales, le preguntó mimosa y querendona; «¿Te casaríai de nuevo conmigo?» y parece que el jetón titubeó, o dijo que no. Lo que de cierto se sabe, es que el velorio fue con el cajón cerradito.

Pensaba en eso mientras miraba el arreglo floral, desde el que asomaba tímidamente el paquete de velas, cuando el noticiario de la tele me distrajo; un carabinero y varios «especialistas» anunciaban neuróticamente las cantidades de accidentes, muertos y heridos, que esperaban se produjeran este «18». Me despedí mentalmente del jolgorio dieciochero, de las amistades y de las «inmundas… retiré las flores y el paquete de velas de sus manitos… pasé mi brazo por el lugar en donde otrora había estado su cintura, y le susurré al oído; «parece que salir va a ponerse peligroso… así que usted no vaya al cementerio, y yo no voy a las fondas… más mejor… pasemos el 18 en casita».

* Jorge Retamal Villegas, escritor