Los Muros, el Pizarrón de los Canallas


Por Antonio Álvarez Burger

Existe un popular proverbio y refrán urbano de origen anónimo, que ha sido utilizado históricamente para criticar a los miserables que en secreto y deliberadamente realizan rayados, grafitis o pasquines en las paredes, postes, portales, señalizaciones, ventanales, escaños y otros incontables lugares públicos y privados de las ciudades. El viejo refrán –según un antiguo escritor– sentencia que “las paredes y las murallas son el pizarrón de los canallas”. Y la Real Academia Española manifiesta que de canalla hay abundante sinonimia como bandido, granuja, ruin, granuja, vil, lunfardo y delincuente, entre muchos términos más.   

Un jurista egresado de la Universidad de Santander, especialista en Gestión Pública de la Escuela Superior de Administración Pública, cuyo nombre se ha alejado de mi flaca memoria, sostenía que “la historia política enseña que los grandes movimientos no se construyen con brochazos de spray, sino con ideas, propuestas y liderazgo auténtico. En sociedades donde la ciudadanía está cada vez más informada, el debate público se aleja de la propaganda barata y se inclina hacia narrativas estructuradas y estrategias que apelan a la inteligencia del votante”. Lo que hoy ocurre en la ciudad de Concepción y en otras urbes del país no es una jugada maestra de marketing político, sino una torpeza que atenta contra el ornato urbano y la percepción del electorado.

Más allá de la autoría material o intelectual, lo que debería inquietarnos como sociedad es la aceptación silenciosa de este tipo de actos. ¿Queremos líderes que promuevan la política del irrespeto? ¿Hasta qué punto normalizamos que nuestra metrópoli se convierta en un tablero de mensajes inescrupulosos? La política es dinámica y debe reinventarse, pero dentro de los márgenes del respeto y la ética. El espacio público no es un lienzo para aspirantes sin creatividad ni escrúpulos; es un patrimonio común que merece ser resguardado.

“La pared y la muralla son el papel del canalla”, enfatizaba el letrado cuya sabiduría he mencionado, y no ha podido ser más acertado en esta coyuntura. Lo que se escribe en muros ajenos no es una declaración de intenciones, sino una confesión de mediocridad. Quien necesita del vandalismo para hacerse notar ya está fracasando antes de empezar. Este episodio debería servir como un llamado de atención. La ciudadanía tiene el deber de exigir altura en la contienda política y rechazar cualquier intento de degradar el debate público con artimañas rudimentarias. Elegimos líderes, no mercenarios del spray. Concepción y cualquier otra localidad se merecen campañas políticas basadas en el intelecto y no en el desorden. La política puede evolucionar, pero nunca a costa de lo que es de todos.