La histórica relación entre los campos de la Región del Biobío y la industria azucarera vive sus horas más críticas. La reciente decisión de Empresas Iansa de suspender su proceso comprador para la temporada 2026-2027 en la planta de San Carlos (Región de Ñuble) encendió las alarmas rojas en el agro local, dejando a los últimos productores de la zona en una encrucijada financiera y laboral.
Ante este adverso escenario, los agricultores y los gremios locales se reunieron de emergencia en las dependencias del INIA Quilamapu, en Chillán. La cita, destacada por el seremi de Agricultura, se transformó en una vitrina de resiliencia: diversas empresas privadas acudieron para ofrecer alternativas de negocios y nuevos productos para la reconversión de tierras.
Por su parte, la Sociedad Agrícola de Biobío (Socabio) trazó las primeras líneas para mantener la esperanza del sector, aunque con una advertencia clara: la transición no será fácil. Para mitigar el impacto, el gremio solicitó formalmente el apoyo financiero del Estado a través de BancoEstado y créditos con garantía FOGAPE, herramientas clave para que los productores puedan absorber las deudas y financiar su transformación técnica.
La crónica de una tormenta perfecta
El actual desplome del sector no es un hecho aislado, sino el desenlace de una compleja crisis estructural que ha golpeado al centro-sur de Chile durante la última década, cimentada en tres grandes factores:
1. El trauma del cierre en Los Ángeles
El primer gran golpe de gracia ocurrió años atrás con el cierre definitivo de la icónica planta de Iansa en Los Ángeles, el corazón latente del procesamiento en la provincia del Biobío. En ese momento, la firma argumentó una baja sostenida en las hectáreas sembradas y centralizó toda su operación en San Carlos. La medida dejó una profunda herida socioeconómica, destruyendo cientos de empleos directos e indirectos (como el de los transportistas) y encareciendo los fletes para quienes intentaron resistir en el rubro.
2. Factores globales y climáticos
El negocio se volvió insostenible en el tiempo debido a variables concurrentes:
- Precios deprimidos: Una persistente sobreoferta de azúcar de caña en los mercados tropicales hundió el precio internacional, impidiendo que la remolacha local pudiera competir en igualdad de condiciones.
- La crisis hídrica: Al ser un cultivo intensivo en riego veraniego, la megasequía elevó exponencialmente los costos de producción y mermó el rendimiento por hectárea.
3. El giro hacia la fruticultura
Frente a la inestabilidad de la azúcar, los suelos del Biobío iniciaron una mutación radical. El tradicional paisaje verde de la remolacha comenzó a ser reemplazado masivamente por cultivos alternativos más rentables, consolidando la llegada de frutales de exportación (como avellanos europeos, cerezos y arándanos) y cultivos industriales como la chicoria.
Un gremio en reconversión forzada
Las consecuencias de este éxodo agrícola ya se sienten con fuerza. Los camioneros locales, que históricamente financiaban su año con el transporte masivo de la cosecha en las denominadas «campañas remolacheras», han tenido que migrar en masa hacia el sector forestal o de carga general.
Lo que antes era un motor estratégico del Biobío hoy ha quedado reducido a su mínima expresión. Con la planta de San Carlos cerrando las puertas a la recepción de contratos para el próximo periodo, el Biobío acelera de manera forzosa el cierre definitivo de su capítulo azucarero, apostando todas sus fichas a convertirse en una potencia frutícola.
24





